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Selección caprichosa


(De CONCLUSIÓN Y OTROS CASICUENTOS)

DOS HISTORIAS

"Sigue el tiempo golpeando las paredes de la vida y corriendo al mar el río y dejando su huella el hombre en el camino…."

No; no eran esas bobadas poéticas lo que tenía que escribir. Le quedaban apenas unos días. Exactamente veintiséis. Menos, porque en una hora serían veinticinco y no había escape. O cumplía con el contrato o se le cerraban todas las puertas. Hasta una demanda podía caerle encima. El dinero; el cochino dinero que necesitaba ahora; precisamente ahora que tenía que hacerle frente a los gastos de… Espantó la idea y se sentó de nuevo frente al teclado. Veinticinco, veinticuatro... Y todo por esperar la inspiración salvadora, la idea genial. Eso que veía, que sentía, que olfateaba, pero que no acababa de acercarlo al best seller aunque lo había intentado una y otra vez para terminar siempre con un rabioso delete, que era exactamente lo que tenía que hacer ahora. DELETE.
Se lo merecía por empeñarse en no echar a un lado el respeto a la literatura y sí, por qué negarlo, el rigor de los críticos y la opinión de los encumbrados. Pero ya, a olvidarse de eso. Después de todo, para los editores con los que estaba lidiando lo que importaba era vender. Todo lo demás era algo así como el icing en el pastel.

Un cuento más...Un cuento más... -se dijo-. Piensa, piensa… Cerró los ojos y recordó a la estupenda mujer que había visto en... Sí; algo podía sacarse de ahí. Y comenzó de nuevo: "Decía Schopenhauer que la mujer es un animal de piernas cortas y cabellos largos, pero la desconocida que...” Se levantó bruscamente. ¿Cómo podía ocurrírsele, asomando el siglo XXI, resucitar a Schopenhauer con algo tan machista? Sin pensarlo dos veces atacó de pie y de frente el DELETE.
Ventitrés, veintidós, quince, seis... Piensa, piensa…, se repetía. La cuestión es empezar. Escribir algo… Vamos; lo que se te ocurra… Piensa… Algo enredado, trágico, impactante, crudo, inverosímil… y si pornográfico, mejor.
Chillaba endemoniadamente el teléfono y por no oírlo contestó malhumorado:
–¡Sí!
–Qué bueno que te encuentro porque hace días que te llamo y ni la contestadora has dejado. No estarías de viaje, ¿eh?
–No.
–Me tranquiliza saberlo. Solo quería recordarte que el lunes, a las diez… –intentaba conversar el editor.
–Sí, sí...
–¿Qué pasa? ¿Algún problema con el libro?
–Para nada.
–¿Puedes anticiparme algo? El título por lo menos…Bueno, veo que no quieres soltar prenda. Está bien. A ver qué te sacas de la manga esta vez, porque tú siempre nos sorprendes…. Oye, ¿estás ahí?
–Sí.
– Qué, ¿no quieres hablar?
–No –y reconociendo su rudeza–. Perdona, chico, pero es que iba de salida. No te procupes… Nos vemos allá. Sí, sí, el lunes.
Volvió a la sufrida tecla y borró las pocas páginas que había hilvanado. Se apretó la cabeza y quiso llorar, pero no pudo. Estaba seco. Recordó su época de estudiante, su angustia de los días de exámenes convencido de haberlo olvidado todo hasta que, de pronto, como un cortina que se abre, escribía de corrido y sin fallar una sola pregunta. "Sólo tienes que calmarte", le decía siempre su padre.
Y pasó todo a un segundo plano pensando en él. En el perdón que no quiso darle... En la boda de Diana con su hermano... Su hermano... Su hermano... La denuncia... El fusilamiento… La huída... El inútil regreso y aquel “No, ese señor no vive aquí...” ¡Dios, cómo dolía la culpa!
Le corrían ahora las lágrimas. No; no estaba seco. Volvió al teclado y sin titubeos ni pausas ni invenciones escribió de un tirón todo lo que había visto, oído, amado, odiado. Vivido.
No pensó en editores ni críticos, ni siquiera en el soñado best seller. De pronto, abierta la cortina, ya no importaba el éxito. Lo importante era que estaba ahí, todavía doliéndole, la absurda y cruel historia de sus dos vidas.

Echó un vistazo al reloj. Respiró hondo, se levantó y estiró la dolorida espalda recordando que, decididamente, la realidad supera siempre a la fantasía.

Atravesar la ciudad en medio del desconcierto y los esporádicos disparos no fue fácil para el hombre que huía como animal acosado. Llegar a la finca, único refugio posible, tampoco resultó ser los acostumbrados treinta o cuarenta minutos.
Llegó a oscuras, y con la tensión y el miedo de no saber qué ni cómo ni cuándo miró a uno y otro lado, salió del auto y tocó brevemente a la puerta. A pesar de la sorpresa y el peligro que enfrentaban lo recibieron con un abrazo, cerraron la puerta, y casi sin preguntas –no había tiempo para tanto-, decidieron enterrar las armas aconsejándole seguir rumbo aprovechando la confusión de las primera horas. Algo de comer, un abrazo fuerte, un gracias tembloroso a los primos y se perdió en la noche.
Un caso más, solo que a él lo había delatado su hermano. ¿Cómo pudo su odio o rencor llegar a tanto? –se preguntaba una y otra vez- ¿Por qué? ¿Porque Diana lo había preferido a él? ¿Porque defendía una verdad a luces? ¿Acaso no era lo lógico, decente y cristiano combatir la farsa de aquella revolución?
Recordar al hermano delator lo aguijoneaba tanto o más que pensar en la isla que partida en dos rezumaba lo agrio y sombrío agazapado en la claridad y los verdes de sus orillas; y en Diana, su mujer, a salvo ya de la “cárcel en peso de la Isla”.
Recordar a su padre le enconaba más y más la herida imaginando el temor del viejo a perder a sus dos hijos en el sucio aluvión de una revolución homicida. Temerario y alucinado se arriesgó muchas veces sin lograr hacerle llegar un recado, un beso, un “Estoy bien... Cuídate, viejo”.
Dos meses después, hambriento y cazado como bestia en fuga, enfrentó la burla de uno de los tantos juicios arbitrarios, del fusilamiento y de la mirada del hermano, no por fugaz menos dolorosa.
El exitoso hermano que escribiría muchos años después y desde otra orilla:

"... Si regresé fue para rogar el abrazo y el perdón negados. Una lluvia tenaz me acompañó todo el camino. La mujer que me abrió la puerta me era totalmente desconocida. No; no vivía allí aquel señor. “¡Qué va! –me dijo– Le fusilaron a un hijo y se suicidó cuando se fue el otro, el Caín que denunció al hermano”. Di la vuelta en franca huída. Apenas abrí la puerta me llegó el olor a lluvia, a tierra mojada, a lo que sin dejar de ser ya no era. Atravesé el jardín, alcancé la acera, crucé la calle y me perdí en la empapada noche. Nada dejaba atrás. Nada mío había ya detrás de aquella puerta. ¿Nada...? Se me clavó el aguijón de la culpa al no poder detener el recuerdo de la delación y el fusilamiento. Y entre tanto recuerdo, tanto dolor, tanta pesadilla, el rostro acusatorio de mi padre y el fugaz instante de la mirada de mi hermano. ¿Por qué no lo comprendió mi padre? ¿Por qué? ¿Por qué no entendió que perder a Diana había precipitado las cosas? No; ni lágrimas ni ruegos ni promesas lograron impedir el enfrentamiento con mi hermano. Porque yo creí, yo confié en la Revolución. Cuando comprendí la farsa ya era tarde. Tarde también para el perdón que me negué y me negaron. Ni siquiera cuando tuve que escapar como escaparon los “gusanos” que tanto había perseguido; “gusano” yo mismo y, como ellos, dejándolo todo atrás. No; todo no, porque no pude dejar la culpa. El tiempo que me faltó para rectificar me sobró luego –y mucho– para deambular de un país a otro, fregar platos, lavar autos de lujo y, como ahora, escribir, escribir."

DRAMA EN EL SUBWAY

Nunca pensé que el haber salido media hora más tarde iba a cambiar mi vida, pero así fue. A partir de aquella tarde, no sólo me obsesionó la necesidad de salir de la oficina a una hora determinada para tomar el mismo tren a casa, sino que casi pierdo a Maggie después de meses de una relación prometedora.
Recuerdo que me retrasó la llamada de un cliente y que compré el “New York Times” en el estanquillo de la esquina antes de tomar el subway. Me senté, abrí el diario, y apenas había comenzado la lectura cuando me llegó del asiento de atrás una apenas audible, pero constante y molesta conversación. Quise ignorarla, pero aquel incesante bisbiseo me fue alterando hasta el punto de cerrar el “Times” decidido a voltearme de mal talante. No lo hice porque de pronto, quizá por prestar más atención, me asaltó lo inaudito del diálogo:

–¡Vamos, confiesa que me fuiste infiel.
–¡Ya; ya por Dios...! Te ruego, te suplico...
–No, no... ¡Aquí y ahora vamos a quitarnos las caretas! Me creíste siempre un estúpido, un imbécil; pero te equivocas porque lo supe siempre y si no me largué fue por Paul… Aunque, pensándolo bien, tenías razón... ¡Más que imbécil porque nunca sospeché que no fuera hijo mío!
–Pero, ¿qué barbaridad estás diciendo? ¿Hasta dónde vas a llegar?
–Hasta donde sea. Y te advierto que soy capaz de...

Tan distraído estaba que la parada del tren me cogió de sorpresa, y en la estampida hacia las puertas sólo alcancé a ver cabezas y espaldas sin adivinar cuáles eran las del hombre y la mujer que con tanta desfachatez ventilaban sus intimidades.
Al día siguiente, al salir del trabajo, pensé de nuevo en la pareja preguntándome si los encontraría de nuevo. Imposible, me dije, ¿en New York, y en el subway? Pero ahí comenzó mi obsesión.

Pasaron varios días sin que pudiera evitar que cada tarde, al bajar las escaleras y adentrarme en la estación, mirara a uno y otro lado deseando verlos. A tal punto me obsesionó la idea que me impuse reconstruir los hechos. Recordé que la tarde de marras había salido más tarde de lo acostumbrado y pensé que quizás, cambiando mi horario, tomando el tren de las... Decidí jugar a los detectives y tratar de averiguar quiénes eran los surrealistas personajes del drama; porque eso y no otra cosa tenían que ser para discutir sus asuntos de manera tan inapropiada.
Me acosaban las preguntas y conjeturas: ¿Casados? ¿Amantes? ¿Jóvenes viviendo su primer conflicto?
Las dos primeras tardes fueron infructuosas, pero a la tercera, me llegó de muy cerca el mismo bisbiseo. No tuve que buscar mucho para descubrir que allí, justamente a mi lado, en el asiento donde me apoyaba, estaba la pareja; para mi asombro sin el menor vestigio de tormenta. Apenas pensado, me sorprendió la voz:

–Habla más bajo. Nos están mirando.
–¿Quién?
–El americano flaco.
–¿Y qué? No entiende ni pío de lo que estamos hablando.

Los miré distraídamente, feliz de que me creyeran americano; y como seguía de pie me moví hacia atrás haciéndome el tonto, pero con las orejas bien abiertas. No tuve que esperar mucho.

–Volvamos a lo nuestro... Sergio se puede ir al mismísimo carajo; a estas alturas no me importa si es marica o el macho de la película. Lo que no te perdono es que Paul sea su hijo...
– No digas disparates. Ni Sergio es gay, ni Paul es su hijo, ni…
–Ya, claro…No es gay porque se revolcó contigo.
–¡Ya, ya! No podemos seguir así. Te pido, por favor, que veas a un siquiatra.
¡No necesito un siquiatra!
El hombre había levantado la voz y se calló de pronto al observar que no era yo el único que le clavaba la vista. También lo notó la mujer, mirándolo visiblemente molesta.

–Mejor dejamos esto. Hablas muy alto.
–No, no... Alcé la voz sin darme cuenta, pero no vuelve a pasar... No tenemos mucho tiempo...¿Dónde estábamos...? Ah, sí....El siquiatra.
Los miré de nuevo, sorprendido por el cambio de voz y tono, pero lo olvidé enseguida por no perderme una sola palabra del reanudado diálogo.
–Sí lo necesitas... Estás alejando a Paul con tus obsesiones. No me extrañaría nada que se fuera y...
–¡Que se vaya! A ver si aprende a ser hombre.

Ignoré un asiento desocupado, y otro y otro, porque... Tengo que confesar que me sentía ya parte del drama, y que si no comenté el caso con nadie –y mucho menos con Maggie– fue porque algo, algo importante había allí y me di cuenta de tener en bandeja de plata el argumento de una novela. Y en la novela pensaba cuando dijo ella.
–Ya, ya…Seguimos mañana. Estoy muy cansada.

Me sorprendió otra vez el cambio de voz, y como seguían hablando de una manera muy distinta me atreví a acercarme un poco mirándolos con curiosidad. Alcancé a oír lo que decía él, ahora volteado hacia la mujer:
–Entiende; todo esto es tan increíble... No me gustan los dramas, pero, como dicen, siempre hay una primera vez, ¿no?
–Sí, sí... Pero esto me está afectando muy en serio...No me siento bien.
Cerró Ella los ojos, cruzó Él los brazos, y seguro de que nada más sacaría de Ellos me senté en el asiento más cercano.

No fue una decisión premeditada, pero lo cierto es que entre mis lucubraciones detectivescas y mis rabietas de novelista frustrado fui descuidando mi relación con Maggie. No es de sorprender que ante mis ausencias y estúpidas excusas me dijera un día, abruptamente: “No sé si todos los escritores son tan raros como tú; pero ¡piénsalo bien!, porque sí sé que no me gusta nada la idea de que me eches a un lado cada vez que te ataque la inspiración”.
Me sentí culpable y decidí dejar a un lado mi egoísmo –mi obsesión, claro– y volver a la rutina de antes. Por unos días todo marchó bién. Desayunábamos juntos –unas veces en mi apartamento, otras en el suyo–, salimos a cenar, al cine algunas veces, muchas al teatro; pero ni podía sacarme de la cabeza a los personajes del subway, ni quería renunciar al final de mi novela.
Trabajaba en ella hasta tarde en la noche, dándole vueltas y vueltas sin llegar a nada, y convencido de estar más seco que una pasa comprendí que tenía que buscar de nuevo a la pareja si quería terminarla.

Volví una y otra vez a salir del trabajo media hora más tarde; a subir al mismo tren y a inventar excusas para no reunirme con Maggie, hasta el punto de ser ella la que me plantara. No quería perderla, pero tampoco quería confesar que me estaba robando un argumento.
Recuerdo de una manera muy especial aquella tarde porque no cesaba de llover, y entre el frío cortante y la lluvia me subí al subway con un humor de perros. No hice más que entrar cuando los vi subir por otra puerta. Caminamos en dirección contraria buscando asiento y nos topamos de frente junto al único disponible. Aunque algo –digamos un presentimiento– me aconsejaba alejarme, sentía que me dominaba, no sólo una morbosa curiosidad, sino la idea fija de cómo rayos terminar la poco afortunada novela.
Me hice a un lado y se sentaron ellos, visiblemente molestos al advertir que no les quitaba los ojos de encima. Confieso que me azoraba la frialdad, la tranquilidad, el descaro con que ventilaban en público sus intimidades. En cuanto aparté la mirada comenzó el diálogo.
–Aunque lo sigas negando yo estoy seguro de que Paul es hijo de Sergio... Tan seguro como de que es tan marica como él.
–Esta situación es intolerable y no lo voy a permitir. Me estás insultando y estás insultando a Paul.
–¿Ah, sí? Aquí, el único insultado soy yo. Pero esta olla se va a destapar y a ver qué va a pensar Paul de ti, ¡tan señora, tan dama!
–¡A Paul lo dejas en paz! Y más ahora que estamos muy angustiados porque hace días que no sabemos de Sergio.
–¡Ni sabrán! Ya me encargué de que no volviera a desgraciarnos la vida. Ni a ti, ni a mí, ni a nadie.
–¿Qué hiciste, por Dios!
–Lo que tenía que hacer. Te lo advertí, ¿no?

De dos zancadas me alejé sentándome lo más lejos posible. Una cosa era oír líos de pareja y otra muy distinta ser cómplice de un crimen; porque en eso me convertiría si no iba inmediatamente a dar cuenta a la policía. Me alarmé al pensar en lo poco que podía decirles. ¿Una conversación en el subway entre un hombre y una mujer que ni sabía quiénes eran, ni dónde vivían?
Tan envuelto estaba en mis pensamientos que me bajé del tren antes que Ellos y en la estación equivocada. Por unos días luché a brazo partido con mi conciencia, con la necesidad de contarle a alguien lo que estaba pasando, con la idea de ir o no ir a la policía. Revisaba minuciosamente los diarios y seguía las noticias en la televisión, ansioso y a la vez temeroso de saber algo del crimen. Me tranquilizó no encontrar absolutamente nada; y comenzaba a relajarme cuando a las once de la noche y justamente cuando creía merecer al fin una noche de sueño apacible, me asaltó de pronto el recuerdo de mi novela. ¿Cómo terminarla? ¿Quién era en realidad Sergio? ¿Amigo, pariente, amante? ¿Era o no era gay? ¿Cuál era su relación con Paul? ¿Cómo lo habían asesinado?

Nada –me dije–, de aquí en adelante la novela es toda tuya y arréglatelas como puedas. Pensé en un tema detectivesco con un final impactante; pero ¿cuál, cuál…?, y, claro, no pegué los ojos convencido de no poder hilvanar algo medianamente decente. Como estaba en juego mi salud mental decidí echar a un lado lo escrito, olvidar el asunto y acercarme a Maggie. Si como escritor y detective había resultado un fracaso, como amante no parecía tener mejor suerte. Algo se había roto entre nosotros, y para empeorar más las cosas Maggie me rehuía convencida de que nada bueno le traería una relación estable con un escritor “maniático, obsesivo, paranoico, bi-polar o sabe Dios qué otra peligrosa trampa genética”, como ya en alguna ocasión me había diagnosticado.
Comencé por frecuentar a amigos comunes donde sabía que coincidiríamos; harté de llamadas al celular, pedí perdón y envié flores hasta lograr que aceptara una invitación. A partir de ese momento, no sé si por mi insistencia o convencida de mis intenciones –porque aclaro que me interesaba seriamente Maggie– comenzamos una nueva relación. Volví a quedarme muchas noches en su apartamento, volvió ella a quedarse en el mío, y al fin decidimos –se arriesgó, decía ella– fijar fecha para la boda.

En la prisa y el afán por arreglar el apartamento, imprimir invitaciones, decidir si recepción abierta o algo más íntimo, comprendieron Maggie y el novelista que estaban viviendo en una vorágine y decidieron seguir con los planes de boda; pero sin apresuramientos y, sobre todo, sin renunciar a los amigos y las salidas acostumbradas. Apenas hecha la decisión sugirió Maggie ir al teatro y aceptó él, no sin reparos:

–¿Otra vez al Repertorio Español? ¿Por qué no escogemos algo en Broadway? Conocer a alguien de Repertorio no te obliga a ir cada vez que estrenen.
–No, no... Vamos a ir a una Sala Experimental que acaban de abrir. Algo muy interesante, de veras. Esta noche estrenan una obrita hecha para aficionados. Un proyecto para estudiantes y... no sé bien los detalles, pero quiero apoyarlos. Compláceme hoy y el sábado nos vamos a Broadway.
Llegaron al teatro con retraso, y justamente importunaban a los ya sentados con los "sorry" y los "perdone", cuando les llegó el diálogo de los actores:

ÉL: ¡Vamos, confiesa que me fuiste infiel.
ELLA: ¡Ya; ya por Dios...! Te ruego, te suplico...
ÉL: No, no... ¡Aquí y ahora vamos a quitarnos las caretas!

Maggie, ya sentada, se alarmó al ver que permanecía el novelista de pie; tenso, inmóvil, los ojos fijos en el escenario.
– ¿Qué te pasa? ¡Siéntate! –le decía en voz baja una y otra vez.

No tardó el público en reaccionar con breves y contenidos Please, Sir..., Sir..., que pasaron enseguida a ¡Siéntese...!, Sit down!, hasta el Would you sit down? que tronó beligerante el hombre del asiento de atrás levantándose amenazadoramente.
Se volteó el novelista, miró al hombre, miró de nuevo al escenario, y sin decir palabra, atropellando pies y piernas en la huída, abandonó la sala.
Maggie, entre asombrada, molesta y avergonzada se hundió en la butaca resistiendo el impulso de seguirlo. A las voces de los actores –ahora en un segundo plano– se imponía la suya barrenándole la cabeza: "Qué estúpida…Cómo pude creer… ¡Ni soñar en casarme con ese loco! Tengo que cancelarlo todo… Me siento mal… Respira hondo, Maggie... Inhale... Exhale..."
En un desesperado esfuerzo paseó Maggie la vista por el público, el techo, la decoración..., hasta obligarse a fijar la vista en los actores y en seguir cada palabra; en entender algo de lo que allí se representaba y que, “a mí qué me importa esta mierda”, se repetía sin olvidar el inhale, exhale, único paliativo posible.
Terminó la obra, se vació el teatro, y Maggie todavía allí, reuniendo fuerzas para comprender y encarar el problema. Pensó en irse a su apartamento, en darse tiempo, en esperar su llamada; pero cambió de idea. "¡Al toro, por los cuernos!", se oyó decir, y sin pensarlo dos veces salió y tomó un taxi. Nunca le pareció tan corto el trayecto. Buscó sin atinar hasta dar con el asustado llavero y abrió la puerta con más valor del que realmente tenía. Lo encontró sentado en su butaca preferida; los ojos cerrados, Vivaldi a toda voz, y sin el menor asomo de culpa o arrepentimiento cuando se levantó al verla entrar.

–No vine a que me expliques qué te pasó –lo enfrentó Maggie de un tirón– sino a decirte que ni loca me caso contigo fui una estúpida en dejarme engañar otra vez estás cada vez peor... – le flaqueó la voz de emoción y de “sin aire”.

–¿Cómo lo mató?, preguntó él sin inmutarse.
–¿A quién? ¿De qué estás hablando?
–A Sergio. ¿Era gay? ¿Se entendía con Paul?

Lo miró Maggie visiblemente asustada. Quiso alcanzar la puerta, pero la detuvo él sujetándola por un brazo.
–Dime... La mujer, ¿era amante de Sergio? ¿Por eso lo mató el marido? –la miraba ahora fijamente.
–¡No mataron a nadie! ¿Qué te pasa? ¡Suéltame!
–¿Con quién se entendía Sergio? –insistía él sin soltarla– ¿Con la mujer? ¿Con Paul? ¿Cómo lo mataron?
–No sé de qué hablas… No mataron a nadie… ¡Suéltame!
–¿Viste la obra?
–Sí, sí…
–¿Completa?
–Sí, ¡pero suéltame! ¡Me estás lastimando!
–¡Contéstame! Sergio, ¿era amante de la mujer o de Paul?
–¡De nadie! Sergio era su hijo…Él y Paul eran hermanos… –y aprovechando su asombro logró soltarse. Ya en la puerta se volvió a mirarlo, sorprendida al oírle decir incoherentemente:
–¿Y ahora...? ¿Quieres decirme qué voy a hacer con la condenada novela? No tienes idea… No sabes…
–¡Lo único que sé es que no quiero ni verte ni oírte ni saber de ti en toda mi vida! –y salió dando un portazo.

ELLA

Llamaba insistentemente el despertador. Estiró el brazo y lo detuvo de un golpe. Fue un gesto automático, inconsciente; tanto que dio media vuelta y lo olvidó hasta que, pasadas las once, despertó sobresaltado, y no... No era la primera vez que le sucedía después de sus inesperadas visitas.
Recordó que se disponía a oír el Noticiero de la noche cuando la sintió cerca, impetuosa, absorbente. Y él, sometido, dócil, totalmente entregado.
Deshilachado lo dejaban siempre esas largas desveladas, pero ¿cómo evitarlas si las esperaba, si las necesitaba, si en cada una de sus ausencias temía haberla perdido?
Solo que al mismo tiempo sentía sin ella una gran paz, un estar consigo; un no tener que ceder a sus exigencias y caprichos; un tiempo suyo para trajines y obligaciones; un vivir el día cada día sin desasosiegos ni insomnios ni batallas interiores.
Hasta que llegaba de nuevo. Sorpresivamente. Sin tocar a la puerta, sin explicar su ausencia. Con un silenciado "vuelvo porque sé que me esperas." Y la abrazaba él sabiendo que se marcharía dejándolo con el regalo febril de otra noche iluminada.
Tardaba, tardaba ahora y se obligó a afrontar el trajín de otras Navidades; y de un nuevo año que, como todos, llegaba siempre antes de tiempo; y lluvias de un abril caprichoso; y un verano encendido; y puntuales y sin excusas tantos y mascuantos días de oficina.
"Dios me la dio, Dios me la quitó...”, recordó a Job, resignado a perderla.

Cuando vino ya no la esperaba, y consciente de que sin ella –la de los muchos nombres– no tendrían luz ni vida tanta página escrita, escribió aquella noche hasta gritar el sol en la ventana.

COMO TODOS LOS DÍAS

Ni lo sabía ni tenía por qué saberlo. Lo de siempre. Lo de todos los días. Horas y horas junto al ventanal. Frente a la computadora. Rodeada de libros. Escribiendo, escribiendo, escribiendo... Mirando sin ver el derroche de luz y verdes o el reto de los grises y las sombras.
Sonrió recordando las largas y solitarias caminatas, siempre tarde en la noche. Como ahora. Quiso mirar el reloj, pero no lo tenía. Llevaba rato andando. No creando, no; aunque mucho de lo escrito había germinado en esas caminatas. Recordaba cada poema, cada página, cada detalle... Pero ya no le regalaba la noche ni un solo verso, ni una sola línea.
Siguió andando, consciente de que no era ya su paso aquel que acortaba distancias. Éste era lento, pausado. Un andar sin fin, ni rumbo, ni tiempo. Y sin tiempo le sorprendió la primera luz del alba.
Pensó en Carlos y decidió regresar. Estará molesto, claro. Y con razón. Mejor no despertarlo, se dijo.
Entró silenciosamente, y a oscuras decidió irse a la cama. Fue entonces cuando vio a la mujer que dormía plácidamente. Los miró una y otra vez. Se volteó reconociendo cada rincón, cada detalle. Sí; era su casa, su cama, su marido.
Sin el menor ruido bajó las escaleras y se quedó de pie, esperando no sabía qué. Los vio bajar, desayunar, besarse y sin mirarla, sin dirigirle la palabra, salir con prisa dejándolo sola.
Le embargó una soledad distinta, un vacío distinto, una tristeza distinta. Un gran cansancio. La caminata, pensó, y decidió sentarse junto al ventanal, como todos los días.
No; como todos los días, no. Porque no estaban allí sus libros ni su butaca favorita ni la computadora... Ni estaba ella.

COSAS DEL SANTORAL

Como tantas otras veces la empujaba una imperiosa necesidad de huída. Cerró la puerta y con un egoísta y atragantado “¡Ahí te quedas!” se alejó con prisa, sin compasión alguna por la mujer sola y angustiada que dejaba atrás.
Si algo había rechazado siempre eran la indecisión y la fragilidad disfrazadas de atributos femeninos. No; a ella no. Quizá por eso a la primera oportunidad –y se la brindó la carta de ciudadanía– había elegido el nombre de Patricia. Eso de que le endilgaran a una el nombre del Santoral, o el elegido por la abuela en recordación de la bisabuela, "¡que era tan linda y tan buena…!" No; con ella no. Patricia, decididamente, era un nombre más a tono con su dinamismo y entereza. Aunque, pensándolo bien –y recordó a la mujer que había dejado rumiando a gusto sus frustraciones– había nombres muy bien puestos y llevados. Soledad, por ejemplo. Valor había que tener para cargar a una recién nacida con un nombre tan desolado. Eso sí; acertado a tal extremo que hacía pensar en premonición o condena.
Frenó el paso al ver a unas niñas en uniforme y se le agolparon recuerdos de años escolares, amigos, primos, profesores. Todos muertos o regados por el mundo. Tanto vivido y al final, ¿qué? Esto. Este hoy, este ahora. Esto. ¿Y lo otro? ¿Un sueño, una mentira? Le pidió cuentas al tiempo, que pudo, pero no quiso darlas. Miró hacia atrás y apuró el paso decidida a poner distancia.

Encontró su escritorio invadido y se envolvió en la tarea de eliminar y organizar papeles, leer y escribir mensajes. Todo entre teléfonos insistentes y el ir y venir de los que entraban una y otra vez interrumpiéndola con los consabidos ¿qué, cómo, a quién, cuándo…? Lo de siempre. Y bienvenido, porque sabía que solamente ese quehacer desenfrenado podía hacerle olvidar el ovillo que en su vida rodaba y rodaba enredándose y desenredándose sin que lograra detenerlo.
Le trajo alguien el diario de la mañana reseñando una de sus conferencias. Miró detenidamente la foto preguntándose si aquella exitosa mujer era realmente ella. Sí… Detrás de la mirada escondida a los otros descubrió a la niña tímida e indefensa que había sido. Que había sido… Past tense –se dijo–. Mucho camino andado, mucha agua bajo el puente, mucha ausencia por la piel...
–Pat, me acaban de decir que Mike se enfermó –le avisó alguien y la miraron todos.
–¿Y… ? ¿Es algo grave? ¿Por qué me miran así?
– Es que... Oí decir que tendrás que viajar por él.
Se sintió chillar por dentro: ¡No, por Dios, viajes largos, no!, pero mirándolos con la entereza de siempre se levantó como un resorte:
–Voy a enterarme bien del asunto, porque creo que Mike salía el lunes, ¿no?
–Pero, tú tenías planes…
–No dejes que…
–¿Por qué no les dices … ?
Salía ya sin hacerles el menor caso, aliviando lo inesperado de la noticia con la sádica alegría de alejarse de la rutina y, sobre todo, de Soledad.
Íntimamente alarmada por lo intempestivo del viaje decidió salir antes de lo acostumbrado, hacer un alto para comprar alguna ropa de abrigo y llegar a casa con tiempo para hacer maletas, pagar cuentas, revisar, dejar intruccioes…

Se apresuraba cargando algunos paquetes cuando la abordó cerca del estacionamiento una de sus amigas de siempre.
–Soly… Soly… Espera… Soly…
–¡Carolina… Carolina Brito! –reaccionó al sentirse abrazada– No lo puedo creer. Hace más de un año que no nos vemos…Quedaste en llamarme por teléfono y...
–No te quejes, porque ahora mismo, ¡no sé cuántas veces te he llamado y si no te alcanzo, te me vas!
–Perdona. Es que ya nadie me llama Soly. Tú sabes que aquí y desde hace mucho tiempo soy…
–Ya; ya sé que aquí yo soy Carolina Morris y tú Patricia Recio… Pero, qué va, chica; para mí tu serás siempre Soly, como te bautizamos en el Instituto... Oye, vamos a tomarnos un café y a conversar que tengo un millón de cosas que contarte.
Conversaron un largo rato que se les hizo corto, despidiéndose como tantísimas otras veces con el "hasta pronto, te llamo, hablamos…", que la vida les entrampaba invariablemente:

Anochecía cuando echando a un lado tanto recuerdo se subió al auto y con prisa por el retraso emprendió el regreso a casa. Se sabía inquieta por la inminencia del viaje y la responsabilidad y dificultades que le caían encima; pero alegre por su encuentro con Carolina y….sí; por ausentarse, irse, evadir la realidad que la esperaba siempre detrás de aquellas paredes.

Dio la vuelta a la llave, abrió la puerta y se enfrentó a la Soly de sus amigas. A la Soledad de la que huía inútilmente.

DE MONJAS Y CONVENTOS

El pueblo entero festejaba la llegada de un nuevo año cuando Félix nació. A la 1:05 de la madrugada, todavía amoratado y pegajoso, lo envolvieron bien y en medio de la algarabía lo dejaron en la puerta del convento sin que a nadie se le ocurriera averiguar qué dijo o quiso decir o hubiera dicho la madre. El Padre Anselmo fue el único que se enteró, o al menos el único que se arrodilló para rezar por la criatura que, por cierto, sonreía cuando lo encontraron.

Con las monjas y a pesar de preguntarme muchas veces quién rayos era viví feliz hasta los catorce años pero un día sin saber cómo ni por qué me fui se me enredaron las cosas y cuando vine a ver ya andaba lejos entre gente buena a veces y menos buena otras aprendí mucho y de muchas cosas pero todavía no sé quien soy y ya no importa porque tampoco sin saber cómo ni por qué regresé hace diez años y aquí estoy otra vez con mis monjas cuidando el jardín y oyéndoles quejas y dolencias claro que no me reconocieron cuarenta años son muchos años la Madre Asunción es ahora la Superiora la Madre Teresa está hecha una pasita y Carmela tan callada y buenaza como siempre al Padre Anselmo no lo he visto pero recuerdo que siempre me miraba como enojado aunque eso sí se las arreglaba para darme un chocolate o una moneda antes de irse y muchas de estas monjas no estaban aquí cuando me fui pero igual que aquéllas tienen más valor que todos los que me encontré por el camino a lo único que le tienen miedo es a los ciclones que ya uno les aventó el techo y les inundó la cocina porque lo que las deja sin dormir es que no se vendan los dulces que hacen o sea lo que se lleve o traiga el dinero que eso sí lo necesitan mucho más que yo un verdadero nombre ayer la Madre Asunción me miró mal por contarle estas cosas a la señorita que se me acercó en el jardín pero ¿cómo iba yo a saber que era una periodista? la verdad es que sigo sin saber quién soy pero al fin y al cabo con los años que llevo a cuestas y lo malo y menos malo andado creo que si volví fue porque tenía que volver a este pueblo donde me echaron como se tira un trapo viejo y a este convento donde me nombraron Félix porque dicen que sonreía cuando me encontraron donde esperaba los chocolatines del Padre Anselmo cada domingo y me dormí muchas veces oyendo cantar a Carmela.

Se bajó del auto, recogió bolso y grabadora, y con tanta prisa como decisión apretó el timbre. La monja le abrió la puerta con algo de sorpresa, al fin y al cabo sólo recibían visitas anunciadas.
–¡Hola! ¿Me recuerda, Hermana? Estuve aquí ayer haciéndole una entrevista a la Madre Asunción.
–Sí..., sí... La periodista; pero mire usted, la Madre Asunción está en la capilla y...
–No tiene que molestarla. Yo quisiera hablar otra vez con el jardinero... El señor que trabaja en el convento...
–Es que aquí no trabaja ningún jardinero –la miraba azorada la monja.
–Pero si yo hablé largo rato con él... La Madre Asunción me invitó a recorrer el convento y llamó a una señora para que me llevara al jardín... –Sí, sí, Carmela...Pero, le digo a usted que... Mire, mejor voy a preguntar y vuelvo.
No volvió ella, sino la Madre Josefina, tan menuda como risueña:
–Pero ¡cómo la han dejado afuera! Esta Hermana... Pase, hija, pase. A ver, a ver, ¿qué es eso de un señor que usted vino a ver?
–Sí; un señor de unos, no sé, sesenta, setenta años... La madre Asunción le pidió a Carmela, ¿o es la Hermana Carmela?, que me llevara al jardín y allí estaba... Hablé mucho con él... Me dijo que...
–¡Imposible, hija! A ver cómo desenredamos este lío, porque aquí ni trabaja ni ha trabajado nunca un hombre. Las tareas del convento las hacemos nosotras, y del jardín se ocupan los muchachos mayorcitos.
–Quizás la Hermana Carmela recuerde...
–Carmela no es monja. Viene todos los días a darnos una mano y a hacer la entrega de los dulces. Ella es la única persona de afuera que nos ayuda y lo está haciendo desde que era una chiquilla.
–No entiendo... Ese señor me dijo que escapó de aquí y que volvió años más tarde...Me contó de un niño... De Félix...
–Ah, sí; eso fue hace mucho tiempo. Yo no estaba aquí todavía, pero sé que Félix se enfermó, que el Padre Anselmo lo llevó al hospital y que se murió. Cada vez que algún niño tiene dolor en la panzita la Madre Asunción hace venir al médico diciendo “que no pase lo que pasó con Félix..”, pero ¿cómo puede saber todo eso un señor que usted encontró quién sabe dónde..? No entiendo absolutamente nada de lo que me está contando.
–Tampoco yo... Y, precisamente por eso quisiera volver al jardín... ¿puede ser?
Y vino otra monja, y llamaron a la Madre Teresa, que por ser la más vieja recordaba a los vivos y a los muertos, pero que no oía nada y confundió todo lo que le dijeron hasta el punto de tener que llamar a Carmela ante la confusión reinante.
Tan pronto entró Carmela y le explicaron algo del asunto comprendió la periodista que la mujer sabía mucho más que las otras, porque con un brusco y azorado “Y qué sé yo” dio media vuelta para retirarse. La Madre Josefina la retuvo por un brazo:
–¡Espera, mujer! Lleva a la señorita al jardín porque creo que se ha equivocado de lugar. A lo mejor fue en el jardín de otra iglesia, o en el... –pero ya salía la periodista con Carmela, convencida de que algo había allí de interés para completar el artículo que estaba preparando sobre las monjas y el convento. Llevó a Carmela hasta el lugar donde había hablado con el hombre y sin más fue al grano:
–¿Usted estaba aquí cuando dejaron a Félix?
–No.
–Pero la Madre Josefina me dijo que usted ha estado viniendo al convento desde que era muy jovencita...Seguramente jugaba con los niños... –y ante su actitud francamente hostil–; mire, Carmela, déjeme explicarle. Quiero publicar algo lindo e interesante sobre el convento y quisiera saber más. Le aseguro que no voy a mencionarla ni a usted, ni a la Madre Superiora, ni a ninguna de las otras monjas. A ver, ¿conoció a Félix?
–Sí.
–Cuénteme... ¿Lo recuerda bien?
Carmela la miró raro y le dio la espalda.
–Cuénteme, por favor. ¿Qué fue lo que pasó con Félix?
–Se murió.
–¿Aquí? ¿En el convento?
–No.
–¿En el Hospital del pueblo?
–Nadie sabe.
–¿Cómo que nadie sabe, Carmela? –y mirándola fijamente–, ¿usted cree que esté vivo y sea el hombre que...?
–¡Jesús, María y José! –se persignó Carmela tres veces- ¡No invente historias! Félix se puso muy malito, lo llevaron al hospital y se murió.
–Entonces, ¿cómo se explica que ese señor supiera tantas cosas de él? Me contó que nació un día primero de año, que lo abandonaron en la puerta del convento, que no era nadie porque nadie lo quiso y nadie supo nunca quienes eran sus padres y...
–¡No es cierto! ¡Cállese! –La enfrentó Carmela amenazándola con un belicoso dedo índice.
–¿Usted sí sabe, Carmela? –y dejando volar su imaginación de periodista– ¿Lo sabía el Padre Anselmo?
–¡Que usted no respeta, mujer! ¡Deje en paz a los muertos! –se persignó de nuevo Carmela mirándola con horror.
Garabateaba a toda prisa la periodista cuando se les acercó la Madre Asunción, enterada de la visita y las extrañas preguntas de la periodista.
–Siento que la hayan molestado, Madre. Parece que, efectivamente, no fue quí donde encontré al señor que me contó historias del pueblo –abrazó a la monja, le dio un beso a la azorada Carmela y salió con más preguntas que respuestas, pero con suficiente material o imaginación para su reportaje.

UNA MALA JUGADA

Soltó el bolso, y se quitaba los zapatos dispuesta a regalarse unos minutos de descanso cuando sonó el teléfono. Frunció el ceño al reconocer la voz de Joe, amigo de siempre y su mano derecha en la oficina.
"Ernestina... Lo siento, pero tienes tienes que volver... Estamos en un lío serio y...”
“Joe... ¿quieres calmarte y decirme...?”
“Que Harris acaba de llamar...Viene para acá con instrucciones de Lucci... Los Vali han cambiado de idea y llegan el 18...”
“Joe, acabo de llegar y no hay lío serio que me haga enfrentarme otra vez al endemoniado tráfico de Miami... Vete a cenar con Harris, entérate bien de todo y a las nueve nos vemos en la oficina", y cortó sin más la llamada.
El cansancio, como en tantísimas otras ocasiones, desaparecía de pronto anticipándose a la posibilidad de nuevos cambios y retos en el contrato de los Vali. Todo en la decoración de la casa de los Vali era de su bien conocida firma ANITSE –nombre que le fue fácil elegir combinando las letras finales de su propio nombre–, y realmente inquieta por la llamada de Joe regresó a la oficina antes de lo prometido.

Se levantó Harris muy "a lo inglés" para saludarla y con una casi sonrisa abordó Joe enseguida el asunto.
–Ernestina, los Vali han cambiado de planes y llegan el 18. Ya le dije a Harris que los últimos detalles toman mucho tiempo y...
–Si realmente llegan el 18 –recalcó Ernestina el realmente sospechando que Harris solo estaba presionándolos– lo tendremos todo listo para esa fecha.
Tan pronto se fue Harris respiró Joe, aliviado,
-Felizmente, no hay cambios.
-Sí; mañana nos ocuparemos de todo.
-¿Mañana?- la miró Joe sabiendo rotos sus planes de fin de semana.

De regreso a casa, en un intento por lograr unas horas de sueño, removió Ernestina las almohadas y abrió un libro. Leyó unas pocas páginas esforzándose inútilmente en concentrarse en la lectura; pero una súbita avalancha de recuerdos decidió atormentarla. ¿Por qué ahora? ¿Por qué? –se preguntaba sabiéndose vulnerable– ¿El esfuerzo y la tensión de las últimas semanas? ¿La anticipada llegada de los Vali...? No; sabía que la inesperada noticia de su sobrino yéndose a Cuba en un intercambio de estudiantes universitarios le había revuelto el pasado. Se le llenaron los ojos de lágrimas rindiéndose a la turba de recuerdos.

Intercambio de estudiantes. La Universidad. La escalinata. Aquel subir ágil y esperanzado del primer día de su último año. “Perdona... –la había detenido él– “¿Dónde están las oficinas? Me acaban de decir que necesito un permiso, un carnet especial... No sé muy bien...”. “¿Cómo éste?” –le enseñó ella el suyo. “No; un carnet para estudiantes extranjeros. Creía que lo tenía todo y ahora, casi sin tiempo...” Se le atropellaban ahora los recuerdos. Simpatía, afinidad, amistad, admiración por el joven brillante, graduado ya en su país. Y a partir de ese momento, un antes familiar y rutinario y un después deslumbrado. De nada valieron las dudas, los temores de amigos y familiares: “apenas se conocen, ¿qué sabes de él, de su familia?” Y ella en su mundo de luz, ahogando sus propias dudas. La familia... Bueno, no se casaba con la familia. Y aquel último encuentro... “Recibí carta de mi madre”- le dijo él apenas se vieron- “Tengo que volver a casa enseguida... No me dicen... –y sabiéndola ensombrecida– “Pero regreso en agosto y nos casamos en septiembre...” “¿En septiembre?” –lo miró ella entre asustada y sorprendida– Y la había interrumpido él abrazándola con un largo, “No te lo he dicho antes por no disgustarte, pero no puedo quedarme a vivir aquí, tendría que comenzar de nuevo, yo sé que te va a gustar mi ciudad, mi gente, mis padres te van a adorar, siempre quisieron tener una hija... No sé si te lo he dicho, pero mi padre es en realidad mi padrastro y el único padre que he conocido...” –y ya casi sin aliento, “Dime algo, por favor...” No; no recordaba haber dicho algo, pero sí que no supo más de él. Ni una carta. Nada. Y ni se detuvo el sol ni le cayó el cielo encima. El mismo ir y venir de cada día. El mismo paisaje, aunque sin la esperanzadora cinta del horizonte... Y convencida de que no lograría conciliar el sueño decidió levantarse y salir de aquella habitación invadida de recuerdos.

El sábado 18, a las cinco de la tarde, tal como estaba previsto, llegaron los Vali. Amenaza de lluvia y vientos de tormenta despertaron a Ernestina más temprano que de costumbre. Tenía intención de salir con el tiempo justo para llegar antes que ellos; pero la ansiedad le hizo salir mucho antes de lo planeado, alegrándose de tener tiempo para revisarlo todo minuciosamente. Notó la falta de un óleo que no le habían entregado a tiempo y le molestó el fallo.
El ruido del auto que se acercaba la hizo detenerse. Echó una última mirada a su alrededor y salió a recibirlos. Se turbó al observar la silla de ruedas, comprendiendo el costoso capricho del elevador que había diseñado para ellos. Una muchacha, toda sonrisa, la saludó gritándole desde el automóvil.
–Usted debe ser Ernestina... ¡La casa es bellísima! –y se enfrascó, con la señora que las acompañaba, en mover a la mujer que permanecía en el auto. Ernestina no se brindó a ayudarlas conociendo la susceptibilidad de las personas incapacitadas.
–Yo soy Anita Vali... -se acercaba ya la muchacha extendiéndole la mano- Ella es mi madre, Ana María Vali... Y Luisa, la sombra de mi madre y la que nos cuida, manda y ordena –y se alejó revoloteando con un “¡Esto es bellísimo! Me encanta, me encanta...”
Sonriendo ante aquella juventud explosiva, se volvió Ernestina, a las otras mujeres:
–Encantada de conocerla, señora Vali... Y a usted Luisa. Bienvenidas a su nueva casa.
–Anita es un poco alocada, pero muy sincera –le extendía la mano Ana María Vali– Puede estar convencida de que le ha gustado muchísimo la casa.
Al final del día, guiando la silla de ruedas en el recorrido por toda la casa y en la pausa para el te y la pastelería que había ordenado, observó Ernestina que habían hablado de mil cosas y que ya no eran la decoradora y la dueña de la casa, sino Ernestina y Ana María.
Tuvo miedo de envolverse demasiado. Si no se lo había permitido con su propia familia no iba a hacerlo ahora con una extraña. Porque eso era Ana María Vali por muy agradable y amistosa que fuera. Se puso de pie con una rápida mirada a su reloj pulsera decidida a poner distancia.
–Es tardísimo... No saben cuánto me agrada que les haya gustado todo. Siento que en esa pared falte uno de los cuadros que nos enviaron, pero desafortunadamente llegó dañado. Lo traeré tan pronto esté listo.
–Pero no te vayas, mujer. Quédate a cenar con nosotras... –la detuvo Ana María Vali con la abierta sonrisa y la mirada intensa e indagadora que eran sus mejores armas.
Y se quedó a cenar. Aquella noche y la siguiente y muchas otras, consciente de estar trastornando su equilibrada vida y de que Ana María Vali la estaba manejando como nadie había logrado hacerlo.
Lo cierto es que no quería privarse de la compañía de las Vali. Ana María era la amiga que nunca había tenido y Anita, que saltaba de un tema a otro incluyendo siempre al novio que esperaba, era como un pájaro suelto contagiando a todos con su inagotable alegría.
–Deja que lo veas, Ernestina. Es tan guapo, tan inteligente, tan perfecto... Va a matricular aquí, en la Universidad... –y riendo divertida– Me da miedo, sabes, porque me han dicho que las chicas de aquí son muy lindas...¿Crees que me lo quiten?
Y no pudo Ernestina atajar el recuerdo de otra Universidad y de otro estudiante guapo e inteligente; pero Anita, que se familiarizaba a toda prisa con la multifacética ciudad, hablaba ya de restaurantes, tiendas y cuanto evento anunciaban los diarios.

A Ernestina comenzaba a inquietarla el cariño que le crecía por ella y por Ana María, totalmente desconocidas apenas un mes antes, y aquella tarde, dirigiéndose a casa de los Vali se repetía “Tengo que alejarme... No quiero herirlas, pero tengo que alejarme... Dejo el cuadro y les digo... Esto es absurdo... ¿Qué te pasa, Ernestina...? ¿Cómo te has dejado manejar por la sonriente y voluntariosa Ana María?”
Entró en la propiedad de los Vali y se disponía a estacionar el coche cuando vio el otro auto y a los tres hombres que se dirigían a la entrada principal. "Bueno... al fin llegó el Sr. Vali...A ver cómo te va, Ernestina" –se dijo en voz alta.
Temió ser inoportuna; pero decidida a enfrentarse a la última prueba se echó el bolso al hombro, sacó el cuadro que traía y echó a andar resueltamente. La puerta había quedado abierta y le llegaron risas y saludos. Anita la vio enseguida y la alcanzaba trayendo al novio de la mano. Apenas unos pasos y le salió al encuentro la voz amistosa de Lucci, abogado de los Vali.
–Usted es Ernestina, por supuesto. Yo soy el latoso Dr. Lucci.
Apenas unas palabras con Lucci y se volvió a la voz de Ana María que se acercaba.
–Ernestina... Ernestina ... Ven, quiero que conozcas a Miguel. Ahora mismo le decía...
–Sí... Perdón.... Me confundió...el nombre... –se odió Ernestina por permitirse flaquear unos segundos.
–Claro... Siempre me has oído llamarle Lito...Eso sucede con los nombres que le fijan a uno de niño –la miraba sonriente Ana María.
– "Nice to meet you..." -casi dijo Ernestina en un inglés fuera de lugar agradeciendo tener las manos ocupadas, y moviéndose hacia Ana María que la miraba fijamente- Vine solamente a traerles el cuadro. El marco no es tan hermoso como el otro –se obligó a toser ocultando el resquebrajamiento de la voz–. Desafortunadamente no pudieron repararlo.
–¡Está precioso, mujer! Mira, Lito... ¿Recuerdas? Lucci ya nos había dicho que había llegado muy lastimado– y dirigiéndose a Ernestina que se alejaba despidiéndose ligeramente de unos y otros.
–No me digas que te marchas tan pronto. Estas mujeres ejecutivas... Escucha, ven mañana a cenar con nosotros... –la seguía hasta la puerta Ana María envolviéndola en su inquisitiva y extraña mirada.
Del trayecto de casa de los Vali hasta su apartamento todo lo que recordaba Ernestina, era el pasado punzando más y más hondo. ¿Vali...? ¿Ana María...? ¿Anita...?
Por primera vez en muchísimos años sintió una necesidad imperiosa de escape. Quería, necesitaba dormir, olvidar...
A la mañana siguiente se fue a la oficina sin permitirse ni una lágrima, ni un recuerdo más. Volcada en su trabajo, desasida enteramente de familia y amigos aceptó un contrato que la alejó de Miami varias semanas.

De regresó en Miami decidió Enestina ir directamente del aeropuerto a la oficina, y entre el montón de correspondencia acumulada encontró la carta. El sobre, largo, elegante y claramente identificado. “¿Cómo se atrevía...? No; no iba a permitirse la cobardía de no saber, de otra vez quedarse sin respuestas”.

Tina:

Verte de nuevo fue como revolver en la sombra buscando una brecha de luz. Sabía que iba a encontrarte un día u otro. He vivido deseándolo y temiéndolo. Ahora, por primera vez en muchos años me siento liberado y surge en mí el hombre limpio y sincero que conociste. Sí, Tina. Limpio y sincero porque no hubo engaño en el Miguel Estrada que conociste. Mi amor por ti y todo lo que vivimos fue tan real como yo mismo, como mi nombre. Vali es el nombre de quien fue para mí más que un padre. A él se lo debía todo y tomé su apellido poco antes de su muerte. Si una vez te negué una explicación, que esta confesión borre mi falta; y si me vas a juzgar, júzgame por cobarde. Cuando salí de mi país, cuando me registré en el programa para estudiantes extranjeros, lo hice por cobardía. La cobardía de no confesarle a una amiga del alma que no la amaba como ella creía. Ana María fue siempre para mí una amiga queridísima, la hermana que no tuve. Me asustó ver nacer y crecer en ella un amor que yo no compartía, y me culpo de no haber sabido ahogarlo con el valor de unas palabras. Alejarme de ella fue un escape cobarde. Creí sinceramente que el tiempo y la distancia pondrían fin a aquel primer amor de juventud. El no recibir noticias de ella me hizo pensar que había acertado. Regresé con el entusiasmo de todas las sorpresas que tenía para los míos; pero mi cobardía me tenía reservada una mala jugada. Aquéllos que fueron para nosotros hermosos meses de amor y felicidad, habían sido para Ana María meses de agonía. Un accidente automovilístico la había dejado inválida, ¡Inválida, Tina! Esperé con angustia el proceso largo de una recuperación que no llegó. Cobarde, callé otra vez. Te escribí muchas veces. Te pedí perdón por la cobardía de casarme con aquella chiquilla tan ligada a mi familia, a mi niñez y a mi cariño. ¿Cómo encontrar el valor para rechazar a quien, por mi cobardía, creía ser amada? No te envié una sola de mis cartas. Quería, necesitaba que me olvidaras. ¿Qué hice de mi vida? Algo bello y triste a la vez. ¿Qué hice de la tuya? No lo sé; pero te pido, te ruego, que perdones al Miguel joven, alegre, enamorado y sincero que un día fui, aunque no puedas perdonar al otro.

Miguel

Sin pensarlo dos veces rompió la carta, respiró hondo y tomó una decisión. A partir de ese momento trabajaría desde las oficinas de ANITSE en New York.
Sonreía cuando, ya de salida, se miró detenidamente en el pequeño espejo del vestíbulo, “Ya puedes cerrar ese capítulo, Ernestina.”

Encerrada en la suntuosa habitación que tan bellamente había decorado ANITSE para los Vali, y de pie frente al espejo, se movía grácilmente Ana María en su diaria práctica de Tai-Chi. Pivot to the right... Pivot to the left...” Quieta en un rincón la silla de ruedas.
Interrumpió los movimientos al incesante timbrar del teléfono y de dos saltos contestó la llamada. “Sí, Joe... ¿Cómo...? ¿A New York...? Claro, sí... Gracias, Joe...”
Sonreía cuando colgó el auricular. “No fue fácil, pero lo lograste, Ana María.”

GEMELOS

Tenía apenas 16 años cuando se largó siguiendo los pasos de los gemelos. Ni Ariel ni él tenían la menor idea de los planes de Aricel, pero eso era precisamente lo emocionante de la escapada. Cuando Aricel se decidiera a confiar en ellos habría tiempo de sobra para hacer lo que les diera la realísima gana, y como no tenía la menor intención de inquietarse dio media vuelta, se subió al tiempo y olvidó el asunto.
Sólo que hoy cumplía cincuenta y dos años, y para ayudar al abogado de oficio en el trajín de la Apelación necesitaba recordar, recordar...

... Yo no tenía la menor idea de quienes eran Ariel y Aricel, pero me los encontré una tarde metidos en el patio de mi casa, acorralados y aterrorizados por Magnum el doberman de mi padre que les enseñaba los colmillos amenazando comérselos vivos. Desde aquel día fuimos amigos inseparables para desesperación del perro, del barrio y de mis padres... No recuerdo bien cómo me convencieron, pero sin más que la ropa que llevaba y $10 de no sabía quién encontrados en una gaveta, salí una noche sin imaginar lo mucho que me costaría la amistad con los gemelos... El problema fue siempre Aricel, porque Ariel, idéntico a su hermano, no funcionaba sino por reflejo, orden, grito o bofetada de Aricel, y en más de una ocasión tuve que defenderlo. Por qué me uní a ellos treinta y cuatro años atrás y por qué los seguí a pesar de tantísimas cosas que debieron servirme de aviso es algo que no tengo claro... La primera vez que nos detuvieron cumplimos Ariel y yo 30 días de cárcel. Y ahí mismo comenzaron las hijoputadas de Aricel echándonos toda la culpa y yendo a buscarnos con ínfulas de protector al cumplir la condena... Tengo que dejar muy claro que yo no tenía la menor idea de las intenciones de Aricel... Que lo que en realidad, fue una comemierdería, una rebelión de muchachos fue muy pronto una escalada a delitos mayores que nos llevó a una vida tan aventurera como vagabunda, obligados siempre a cambiar de nombre, lugar, amores... Pero no; nunca había matado a nadie. Que quedara eso muy claro, aunque no podía decir los mismo de Ariel porque eran tan iguales los gemelos que los confundí muchas veces teniendo que oír las bromitas de Aricel. “Sí, sí... Ya sé que el muy mariconcito es incapaz de..." "A ver si te convences de que es igual o peor que yo....” Hum... Las cosas llegaron a tal extremo que tuve que exigir una señal para continuar con ellos y accedió Aricel a tatuarse un lagarto en la planta del pie, justamente debajo del talón... Ya andábamos mal y debí irme, largarme... Pero el cochino dinero... y Ariel... Claro que no voy a decir que no quería dejar a Ariel... La verdad es que cuando, separados para escurrirnos mejor, mataron a Aricel en aquella balacera, pensé, por aquello de “muerto el perro se acabó la rabia”, que era el momento de largame a México, y pudo hacerlo, pero... Ariel; otra vez Ariel... No podía dejarlo solo... No quería dejarlo y me dije, de esto salimos juntos y nos salvamos o nos jodemos, pero juntos... Ahora, a ver qué invento para no decir que muerto Aricel y obligado a sobrevivir a toda costa, asumí el difícil papel de jefe y protector de Ariel que me seguía como perrito faldero, aunque en más de una ocasión se envalentonaba recordando los bríos del hermano: “¿Y si hiciéramos lo que hacía Aricel...?” “Si Aricel estuviera aquí...” Bueno... ahora lo único que puede ayudarnos es probar que tanto Ariel como yo hemos sido víctimas de Aricel. Que después del primer crimen estuvimos amenazados, obligados a seguirlo... Lo que me preocupa es que salga relucir mi relación con Ariel, aunque ya le he aclarado al Abogado que soy tan macho como el que más, pero la convivencia, la soledad, la necesidad de proteger a Ariel...

Rumiando lo que podía suceder en el nuevo juicio le sorprendió la intempestiva visita del Jefe de la Prisión y algo se le apretó al cuello temiendo una negativa a la Apelación.
– Vamos, vamos... Tiene que acompañarnos. Ariel Méndez se suicidó en su celda y dejó una Nota para usted.
No se creía capaz de sentir y le dolió hasta sacudirlo la muerte de lo único que lo unía a la infancia, a la juventud y al amor. Toda una vida, pensó, y se tragó el grito, ¡ARIEL!
Lo habían descolgado y estaba sobre la camilla, completamente vestido aunque sin las medias y los zapatos.

Tambaleante vio sin ver el ajetreo de rigor y el papel que le mostraban una y otra vez. Lo volvió a la realidad la voz, la mirada y el empujón del Jefe de la Prisión.
–¡Vamos, déjese de mariconerías y lea! ¿Qué carajo quiere decir eso de El lagarto?
La Nota, verdadero jeroglífico para los otros, era tan explícita como cruel. Visiblemente descompuesto se acercó más, desorbitada la mirada fija en el pie, justamente debajo del talón.

ENFRENTAMIENTO

No estaba preparada para el encuentro, pero decidió enfrentarla abiertamente. No la invitó a entrar y ya estaba allí, vaciando fuera de tiempo y de lugar un pozo negro de recuerdos. No le pidió irse y ya estaba afuera.
Respiró hondo, y en un intento por aliviar el peso que la ahogaba se fue al balcón. Aturdida por el ruido del cercano express way, el tránsito endiablado justamente debajo de ella y el irritante asalto de los claxons, dejó escapar el regalo de un atardecer esplendoroso.
Visiblemente descompuesta volvió a entrar con un “¿Por qué hoy, por qué?” en voz alta, sin advertir que ya no estaba sola. Unas horas después le dieron la noticia.
–Se suicidó Arturo.
“¿Cúando…? ¿Cómo…?”, quiso preguntar; pero no lo hizo.

Hubiera preferido no encontrarla, pero allí estaba, como siempre, decidida a atacar de nuevo:
"¿Qué haces aquí?", le espetó cortante, apenas dentro del salón atestado.
"Lo mismo que tú", pudo decir en voz baja.
"No; yo quería a Arturo", recalacó el yo, mirándola a los ojos.
"Yo también", apenas dijo.
"¿Lo querías y lo mataste?", y parecía morderla, de tan cerca.
"No, no... Arturo se suicidó”, quiso detenerla.
"Te equivocas. Arturo ya estaba muerto; sólo quiso desalojar un espacio que no le pertenecía", se burlaba ahora.
“Mi espacio tampoco es mío” –apenas musitó volteándose a la voz de su marido que le sonreía extrañamente.

–¿Qué es eso de un espacio que no es tuyo?
–¿Dije eso? ¡Qué tontería! Mira; voy a despedirme y nos vamos. Me deprimen las funerarias.
Se quedó él mirándola, visiblemente preocupado al recordar que no era la primera vez que la sorprendía hablando sola.

ANIVERSARIO

Trató de respirar hondo; pero nada aliviaba la presión que sentía anclársele en el pecho como una losa, un mar inmóvil, un algo que no lograba descifrar y que dolía y ahogaba sin remedio.
No recordaba cómo y cuándo había llegado allí y se angustiaba preguntándose si veía o creía ver, si realmente oía o creía oír aquel desfilar de cosas, gente, voces… Quiso abrir los ojos y el esfuerzo le apretó más y más el pecho.
Claro… ¡Cómo no ahogarse en aquel lugar inhóspito! Mejor así. Nunca había tenido tiempo para echar un vistazo atrás y saber de una vez por todas de quién había sido la culpa. La palabrita le aguijoneó por dentro. ¿Por qué y para qué buscar culpables? ¿Por qué mirar atrás cuando nunca supo ver más allá de aquí y ahora? Pero tenía que hacerlo. Quizá aquel peso no era más que la carga de tanto error y tanta culpa acumulada. Y tenía que enfrentarlos, salir de aquel encierro, rehuir la oscuridad, asirse a la hebra de luz que asomaba una y otra vez iluminándole la memoria.

Nunca más azul aquel mar de velas infladas, regatas y amores compartidos; ni más rojo el sol; ni más tierno llanto que el de un hijo... Entonces, ¿por qué este peso, este ahogarse sin lograr salir a flote?
Quizás porque no supo alimentar la luz. Quizás lo que creyó luz no había sido más que su reflejo… ¿O había sido todo sombra? ¿Era la sombra el agrio fermento de la luz? Y se le enredaron luz y sombra doliéndoles en el pecho sin lograr deslindarlas. ¿Dónde…? ¿Cuándo…?
Libros, amigos, vacaciones, mañanas, atardeceres. Olor a campo. Olor a angustia, a miedo… Y el tiempo largo, largo… ¿Por qué ahora esta sombra que se le enroscaba y enredaba apretándole más y más el pecho sin que lograra, zafarla, sacarla…? ¡Sacarla! Sacarla al aire, a la luz... No, no. Todavía no; que con toda la paz y el silencio y la oscuridad era éste el momento de repasar su vida sin dejar de hurgar en cada pliegue, cada surco, cada vuelta. Sólo así lograría salir de allí en paz. Inmensa y a todo color la visión de cada una de sus luces y sus sombras. Solo así podría volver con la sonrisa abierta a todos, y con el amor –que dio o no dio– a flor de piel para repetir el mar y el sol ardido y el primer llanto de cada uno de sus hijos y de los hijos todos del mundo. Sin presiones, sin relojes, sin cálculos ni miedos sobraría tiempo para comenzar de nuevo. Para desandar conociendo cada piedra, cada hueco, cada obstáculo. Algo así como vivir viviendo lo vivido. Sí; merecía una segunda oportunidad… ¿La merecía?

A su voz interior se unió un rumor sordo, lejano, ininteligible. Como el eco de un eco de muchas otras voces. La opresión se le hizo más y más agobiante y el fragmentado eco iba y volvía en ondas que horadaban la oscuridad y el silencio:

–Aquí es. Dame las flores...
– Son las que le gustaban...
– ¿Por qué no pensar que las está viendo?
– Es cierto… Vamos a rezar.
Y el rezo, y las lágrimas apresuradas, y el recuerdo esquivo, y las despedidas...

–Gracias por acompañarme. Me alivia verlos. Ojalá podamos seguir reuniéndonos aquí. ¡Le gustaba tanto que nos reuniéramos todos aunque fuera una vez al año!

LA AUSENTE

Delgada, frágil. En un vestido blanco, suelto y ligerísimo a pesar de la temperatura arisca de un enero lloviznoso. Caminaba con prisa, ajena al frío y a la lluvia, y entre lo grácil de la figura, el ligero atuendo y el cabello batido por el aire, era, en aquel atardecer sombrío, una figura exquisitamente bella y misteriosa. Se detuvo junto a la verja y allí, sin apenas moverse, parecía esperar que alguien advirtiera su presencia y la invitara con un cálido "Entra, entra…". Pero en aquella soledad desapacible sólo estaban ella y el auto que esperaba junto a la acera.
Se abría la puerta principal y retrocedió amparándose detrás de un árbol. En tropel alegre y bullicioso asomaron una adolescente, dos niños y un hombre en vestimenta deportiva.
Sonrió observando detenidamente cada uno de aquellos rostros. Los chicos, alegres y bulliciosos, hablando sin cesar; la niña sin prestarles la menor atención. Se atrevió a detener la vista en el hombre. Las canas que comenzaban a iluminarle las sienes le daban un aspecto serio, y algo en su rostro delataba madurez o abatimiento. Se supo culpable y refugió la mirada en los niños.
"Son felices…", y sonrió aliviada, para enseguida apagársele la sonrisa al observar mejor a la niña. "Se ve tan sola entre ellos… ¿Por qué estamos siempre tan solas las mujeres…? No estés triste, mi pequeña… Yo estoy contigo aunque no pueda acercarme… Si pudiera abrazarte… ¡Te quiero tanto…! Sonríe, preciosa… Ya habrá tiempo para tristezas. Sonríe aunque sea una vez… ¡Así …! ¡Qué linda te ves! Si supieras que…", se acercaban y escondió su figura apretándose más al árbol. Pasaron sin mirarla; con prisa los muchachos que invadían el auto disputándose el asiento delantero. Volvió ella a su diálogo interior sabiendo que en unos minutos se alejarían. "Yo no sé cómo ni cuándo, pero algún día podré acercarme y contarles…"
Cerró los ojos golpeada por la realidad. "No; ¿cómo puedo decirles…? ¿Qué saben ellos de mí, qué les han dicho...?" La volvió a la realidad la voz del hombre, ahora cercana.

–Olvidé algo, pero vuelvo enseguida. No se bajen..., dijo, egresando a la casa.
Desoyendo al padre salieron los dos chicos del auto para lanzarse una pelota de football y, más confiada, se atrevió a mirarlos de frente.
Los recordó pequeños, como eran cuando… Rodó la pelota deteniendose muy cerca y se acercaba el mayor, ajeno a su presencia. Contuvo ella el deseo imperioso de tocarlo, de besarlo… "¿Sabes…? Siempre pensé que nunca había visto unos ojos tan azules y tan lindos, pero ahora, con esas pestañas oscuras…", y sintió estrujársele algo por dentro.
La miró el muchacho distraídamente, recogió la pelota, y acercándose al hermano le comentó en voz baja:
–¿Está loca esa mujer?
–¿Qué mujer?
–Ésa… Parada ahí, vestida así con el frío que hace –y señaló para el árbol.
–¿Dónde? Yo no veo a nadie.
–Estaba allí… –se sorprendió al no verla, y sin darle mayor importancia hizo ademán de lanzar el ovoide obligando al hermano a alejarse hasta detenerse justamente junto al árbol.
No, no se había ido. Allí estaba; tan cerca del otro niño que sólo con alargar la mano hubiera podido tocarlo. Lo miró con una intensidad angustiosa. "Mi niñito… Cuántas veces me he preguntado cómo serías… Eras tan pequeño… Recuerdo que el día que cumpliste dos años te llevamos a… ¡Oh, Dios, qué hice con mi vida…! ¿Cómo pude…? Dios mío…" –y deshecha ya su resistencia se alejó lentamente. Una sombra más en el atardecer sombrío.

Con el bolso colgado al hombro y las llaves del auto en la mano echó un vistazo al reloj y salió segura de encontrar a su hermano en casa, listo para irse al trabajo. Conocía bien la rutina: despertar a los niños, llevarlos al colegio, regresar a la casa, hacer sus ejercicios, correr unos minutos, ducharse y salir para la oficina impecablemente vestido.
Ya frente a la casa confirmó la hora, abrió la verja, siguió el camino de losas bordeadas por el bien cuidado césped, subió los dos escalones… Apenas se acercaba a la puerta cuando la sorprendió el hermano que salía:
–¡Eh…! –la miraba él esperando lo peor, que no se hace una visita tan de mañana a no ser que…
–Tranquilízate que no ha pasado nada. Vine ahora porque necesito hablar contigo sin tener a los muchachos por los alrededores –y sin más lo sorprendió con lo más tonto e inesperado.
–El cumpleaños de tu hija es el sábado.
–Ya lo sé. Pero no me digas que vienes hasta aquí y a esta hora para decirme eso.
–Mejor entramos –ignoró ella la pregunta decidida a enfrentarse a la resistencia que adivinaba.
–Mira, ya eso está arreglado –se anticipó él– Hablé con ella y lo que quiere es ir al cine con unas amigas. Pensé llamarte para que las acompañaras, pero…
–Quieren ir solas – lo interrumpió ella–. Es lógico, ya no es una niña.
–Tampoco es una mujer; figúrate, si a los quince le voy a soltar la rienda…
–Pues yo creo que es bueno que vaya aprendiendo a volar sola… –entró ella decidida a encararlo.
–Respeto tus opiniones, pero estas cosas las decido yo – la siguió él.
–Como quieras. De todos modos yo no vine a eso. Vine a decirte que no voy a seguir callando; que ha llegado el momento de hablar con tus hijos, de aclarar de una vez…
–Me prometiste que... ¡nunca tocaríamos ese tema! -la interrumpió él visiblemente descompuesto.
–Pues cambié de opinión; y te advierto que si no les hablas tú, lo hago yo. No puedes seguir ocultándoles las cosas. Hasta ahora has podido tenerlos aislados, alejados inexplicablemente del círculo de amigos y hasta de familiares; pero ya no son niños. Crecieron. Cre-cie-ron... Entiéndelo. Tienen derecho a saber y yo no puedo decirles mucho porque no sólo me dejaste al margen, sino que me hiciste jurar que no haría preguntas ni tocaría el tema. Pero hasta aquí. Sigo pensando que no pudo ser algo tan terrible que justifique tu actitud. Elena era superficial, malcriada y hasta un poco loquita; pero no merecía que les quitaras a los niños hasta el derecho de recordarla. La verdad, chico… Eso de romper todos sus retratos fue…
La escuchaba él de espaldas, sin decir palabra, y al verlo voltearse bruscamente:
–No; no me interrumpas porque no me voy a callar. Y no me vengas con eso de que tienen algunas fotos. ¡Qué maravilla, qué gesto tan tierno! No sé cuántas veces me han preguntado por qué sólo tienen fotografías de cuando ella era una adolescente. Y eso porque las conseguí yo, que si no… A ti no te preguntan porque creen que te afecta mucho y no quieren entristecerte… Ya no más, mi hermano. Elena los quiso mucho y no se merece…
La miró él con tal expresión de ira, dolor y angustia que se detuvo suavizando el tono:
–No te pongas así…–se inquietó aún más al verlo respirar con dificultad– Cálmate, vamos a hablar… Ya sé que no debió salir así, en medio de la noche y con aquella tormenta; pero, vamos, sus motivos tendría… Todos estos años me he preguntado, me he roto la cabeza tratando de adivinar que pasó entre ustedes. Seguramente discutieron y se fue porque….
¡Porque tenía un amante y sabía que el hijo que esperaba no era mío! –tronó él mordiendo las palabras, el rostro contraído, las lágrimas ardiéndole en los ojos.
–¿Qué! –se sentó ella de un tirón– Yo… Yo pensé que alguna razón tendrías, pero nunca me imaginé… –y asustada ante su reacción–. Cálmate, por favor cálmate.
–…y yo de imbécil… –seguía él, ahora en un casi monólogo apenas audible– Sin imaginar, sin sospechar… ¡Cómo iba a pensar …! No podía comprender que saliera todos los días… Creí que lo hacía por evadirse… Que era mucha responsabilidad para ella… Hasta pensé que estaba enferma y no quería decírmelo… Por eso la seguí una tarde y… ¡los vi…! Los vi, ¿entiendes? ¡Los vi…! Te juro que… –se desgarró la voz que se negaba al llanto– ¡Gracias a Dios que no llevaba un arma!
Lo abrazó ella amparándolo como a un niño.
–Ya… ¡Por Dios! ¡Ya sacaste lo que tenías por dentro! No sé cómo has podido guardarte todo eso. Yo sé que te estoy lastimando y no quisiera insistir, pero tenemos que hacer algo. Piensa en los niños. Ellos no tienen la culpa y según pase el tiempo harán más y más preguntas. Han pasado diez años y es hora de reaccionar, de enfrentarlo fríamente. Tienes que hablarles –y ante el azorado miedo de sus ojos:
–Puedes decirles que la quisiste mucho, que fueron felices, que son hijos del amor, que si callaste fue porque te dolía mucho recordarla… Cualquier cosa, pero tienes que devolverles a su madre.
Y ante su silencio, ante todo aquel peso acumulado sobre su debilidad de hombre, lo tomó ella de los brazos obligándolo a enfrentarla:
–Piensa que de no haber muerto en aquel horrible accidente hubiera tenido todo el derecho a reclamar a sus hijos.

CONCLUSIÓN

Con los puños cerrados me niego rotundamente apretándome a cuanto está a mi alcance. Algo o alguien empeñado muy seriamente en "a que sí". Y yo, con todas mis pobres fuerzas, en "a que no". Pero me obligan, me someten, me golpean... En mi desesperación algo saco de mí y me asusta mi propio grito. El frío, el miedo y la rabia hacen que me revuelva amenazante. A patadas, a golpes inútiles. Aprieto aún más los puños. Los ojos cerrados, hinchados y pegajosos de encierro y oscuridad. Me obligan a abrirlos y la llamarada de luz se me clava como un dardo ardiente. Me miran y ríen y se abrazan en triunfo solazándose en mi pobre cuerpo violado, ultrajado, manoseado. Indefenso. Alguien, extrañamente feliz, dice: “es una niña.”

Otra vez yo. Cerrados los puños que ya no amenazan. Que se rinden. Lejos ya la luz que lastimó mis ojos. Apenas consciente de mi cuerpo violado, ultrajado, manoseado. Indefenso. Me entrego mansamente en cálido sosiego. Me miran y lloran y se abrazan. Alguien, extrañamente triste, dice: “se nos fue”.

EL TÚNEL

Se enfrentó a la muerte justamente cuando se proponía enfrentarse a la vida. Siempre había sido cobarde. Si un desengaño, conformarse. Si insulto, dar la espalda y evitar el pleito. Al abusivo, evitarlo… ¡Pero hasta aquí! Desafortunadamente (o quizá felizmente) la suerte, destino o disposición divina llega siempre de repente; sin aceite la lámpara olvidada en el rincón más oscuro. ¿Acaso no fueron las doncellas de lámpara encendida las que recibieron al novio? Le crujía la piel de mansa y decidió levantar la cabeza y... No tuvo tiempo. El frenazo, el miedo...

... la iluminada fuga… la blanca nada que me lleva… vienes… me sonríes… me miras… espera…quiero abrazarte… preguntar… saber al fin… sin tiempo… ni palabras… acércate… no me dejes ir… qué te hice... o me hiciste… no importa…ya... no podemos... amarnos... ni culparnos… ni acompañarme puedes... en este... viaje... me sonríe... una niña… y otra… y otra…¿o es la misma…? dame tu mano… niña que fui… que fuimos… ¿cómo podíamos... saber… que no sabíamos…? no me dejes ir… en este blanco viaje… que no sabe… del color hiriente…que nos... marcó... a todas… vuelvan… no me dejen ir... me asfixia... el gris... el negro... respiro hondo… grito…

Apenas un grito, pero bastó para saber que estaba de vuelta. Lamparones grises y negros enturbiando el blanco. No; no era todo blanco ni gris ni negro. De pronto le llegó de otra dimensión la brutal realidad. ¿Qué o quién la había llevado? ¿Qué o quién la había traído?
Se quedó inmóvil, consciente de no estar preparada para asimilar el cambio. Sintió que le hurgaban el dolor y se juró no hacer un solo gesto. Se atrevió a delatarla un casi ¡Ay! hecho lágrima.
"Cuidado... No la lastimen… Está llorando…"

No abrió los ojos. No quiso que la supieran de regreso. Todavía no. Necesitaba tiempo. Nada quedaba de aquel blanco túnel, pero lo sabía en ella y en cada una de las niñas que había dejado atrás, esperándola. No podía, no quería abandonarlas y se juró salvarlas o salvarse.

"Milagrosamente rebasó la crisis” –se rompió el silencio y quiso retener cada palabra– “Las próximas horas serán decisivas… Tenemos que sedarla porque es imprescindible mantenerla inmóvil. Si logra rebasar las primeras cuarenta y ocho horas es muy posible que podamos salvarla".

Cuando se supo sola abrió los ojos, mordió el dolor que la atravesaba y abarcó con la mirada cuanto su inmovilidad le permitía. La mesa cercana, la jarra, dos vasos de plástico, el metálico pedestal con el I.V. recién estrenado, el andamiaje en las piernas, la presilla en el dedo índice, el oxígeno, el despliegue de cables en pecho y brazos conectándola a este y aquel y el otro...
El peso de los párpados y la mentirosa tregua del calmante la devolvieron a la recurrente idea.

Decídete, reacciona… El sedante no tardará en inutilizarte y luego serán otros los que decidan por ti. ¿Tendrás fuerzas, valor y aguante para arrancártelo todo y de un tirón lanzarte al blanco túnel? Decídete, decídete… ¿El manso y blanco viaje de regreso o el regalo de la vida a cualquier precio...?

AQUÍ Y ALLÁ

No bastó la luz en pie del sol del mediodía para iluminarle sombras y decidió entrar, meterse en la cama y cubrirse hasta la cabeza.
Se sintió incómoda y decidió quitarse la chaqueta. Volvió a cubrirse. Tampoco. Quizá sin nada que la rozara. Se desnudó, pero sintió frío. Nunca es la piel bastante para cubrir el desamparo.
Salió de la cama, se vistió de nuevo y abrió toda la ventana. La recibió un huidizo naranja pintando el horizonte y el tedio de una hilera de árboles que recostados a la evasiva luz cedían a la sombra su fiesta de dorados. Nada más lejos de lo suyo, pero paisaje al fin, se dijo. Cerró la ventana y miró detenidamente la carta. ¿Cuándo la había escrito? No tenía fecha. Le dio vueltas entre las manos. ¿Qué sentido tenía? Ninguno. La leyó de nuevo, y sin pensarlo dos veces la metió en el único sobre que tenía. Se permitió sonreír al pensar, “incongruente, ¿no?” y decidió acortar el día metiéndose de nuevo en la cama. Ni siquiera recordó que no había cenado.
En el campo, y más entre montañas, amanece pronto y sin aviso. Se sentía mal, como todas las mañanas, y dio vueltas y vueltas sin decidirse a inventar fuerzas para levantarse. No; no iba a permitirse la fragilidad de la lástima, pensó, y se levantó de golpe. Se miró detenidamente en el espejo del baño. Quizá un poquito de maquillaje le haría sentir mejor, ya que otra cosa era imposible. No hizo ni el intento. Total; nadie se extrañaría en el Dispensario. Volvió a la habitación y se enfundó en camisa,sweater, jeans, chaqueta de cuero y botas gastadas de idas y venidas. Comprobó que llevaba la carta en el bolsillo y salió con prisa para no arrepentirse.
Caminaba despacio disfrutando el crujir de las hojas sueltas que doraban el camino. Abajo, un poco más allá y más cerca de lo que parecía, el pueblo con su ropaje de encendido otoño.
Hizo un alto en el lugar de siempre para el chocolate caliente con roscas. No; hoy roscas, no, pensó: tostadas con jalea. Le hizo bien la sonrisa de la muchacha del mostrador. Sonrisa abierta de los que saben o pueden o les basta vivir el día cada día. Compró una postal, escribió Me despido, amor..., sonrió otra vez, y guardándola en el bolsillo junto a la carta salió de nuevo a la calle.

Como todos los primeros miércoles de mes entró en el Dispensario. Esperó unos minutos entreteniéndose en adivinar cómo era por dentro cada uno de los que, como ella, también esperaban. Llevaba meses en esa tarea y ya no se preguntaba si tendría tiempo para completarla. La llamaron y le agradó escuchar su nombre; no porque le llegara el turno, sino porque era prueba convincente de que todavía estaba. Allí, como tantos otros, pero estaba.
La recibió el doctor con la mirada y la sonrisa de siempre. Dijo algo que, como siempre, ni recordaría luego ni importaba. Como siempre le ordenaron quitarse el sweater, remangarse la camisa y ofrecer el brazo a la enfermera que, como siempre, no acertaría a encontrar la vena. Sonrió al pensar que “siempre”, tan sin sentido ahora, estaba resultando su palabra favorita.
Salió otra vez al frío deteniéndose indecisa frente a una de las tiendecitas del pueblo. No confiaba en sus fuerzas; pero, después de todo, le vendría bien un poco de calor antes de la caminata de vuelta a la habitación que tan generosamente le habían alquilado.
Decidió entrar y curiosear entre libros, revistas, chocolates, cajitas de música, osos de peluche pardo empeñados en imitar a los que –decía la gente– se acercaban al pueblo en noches de luna llena.
Antes de emprender el regreso entró en la estación de Correos. Compró sellos para la postal y la carta, titubeó un momento antes de echarlos en la abertura, y regresó por el mismo rumbo hollando y percibiendo de nuevo el crujir de las hojas. No las mismas, claro. Bien sabía que es siempre otra el agua del río y otras las hojas sueltas y otras las huellas que se dejan al paso.

En la ciudad todo es distinto. Ni crujen las hojas, ni se pinta de luz y ocres el paisaje. Casi a rastras entró en el Dispensario. Se dejó revisar, llenó papeles, firmó y recogió la parafernalia de todos los primeros miércoles de mes. “Hi...”, dijo alguien. “Hi”, contestó él sin detenerse. No quería saber ni oír ni interesarse por los horrores de otros.
Luchaba el sol por despedirse asomando sus frías rayas entre uno y otro edificio. De un manotazo se lo impidió la oscuridad. Comenzaron a hacer guiños las iluminadas carteleras de teatros y los aspaventosos anuncios de tiendas y artículos de moda. Un avispero de luces encandilando ya las atoradas autopistas.
Siempre le fue molesto el regreso, el corre corre, el sube y baja y el atropellar a derecha e izquierda en el afán de alcanzar asiento. Pero hoy, particularmente hoy, ni siquiera creyó que tendría fuerzas para llegar al otro lado de la ciudad. Hizo un alto para recoger el correo y con gran esfuerzo subió a su apartamento. Se echó en la cama, revisó los sobres y uno a uno, sin abrirlos, los fue tirando al suelo. Se detuvo en uno de ellos. Sin remitente. Le dio vuelta entre los dedos antes de abrirlo.

Amor:

Te amé siempre y mucho. Viví contigo lo más hermoso de mi vida. Te amé sin saberte y te amé sabiéndome la que acaso ni recordarías. Te amé y te amo hoy desde un paisaje que me dice a sol y nieve que te amo todavía. No me diste un hijo, ni un nombre, ni siquiera una despedida; pero algo me dejaste. Algo me llevo de ti. Yo fui tu víctima. No te culpo. Quizá ni sepas quién fue tu victimario. Te escribo porque he decidido volver a casa. Siempre volvemos. Tú y yo y todos. ¿Acaso no conducen todos los caminos al regreso?

Le temblaban las manos. Buscó inútilmente un nombre, una dirección. Algo que le aliviara o punzara aún más la culpa. En el suelo, junto a los sobres sin abrir, una postal. No tuvo que voltearla para leer su mensaje.

Me despido, amor, desde la luz en fuga de este paisaje ajeno.

DEL CAMINO

Decidida, emprendió el camino sin detenerse a calcular los riesgos. Se echó al hombro su desnudez de mujer, miró al frente negándose la posibilidad de asustarse, y asumió la apuesta.
Por aliviar lo lento, largo y azaroso del camino, rezó. Rezó otra vez. Volvió a rezar. Pero no se acortaba el rumbo de verdes aburridos y se defendió del cansancio y el abatimiento recreando otro camino, otros verdes iluminados.
Al fin y al cabo –se dijo más de una vez– por muy largo y angosto que sea terminará aquí o allá, en una u otra orilla, pero terminará. Sólo pensarlo le aligeró el paso.
Le sorprendió advertir que recordar era su mejor aliado. Entre uno y otro recuerdo avanzaba más y más, sin detenerse, sin permitirse lo inútil de barajar una realidad esquiva. ¿Para qué? Llegar... Llegar era todo lo que precisaba y apuró el paso inventándose el ánimo y las fuerzas que cedían. ¿Acaso no los había tenido para salir del encierro? Se bifurcaba ahora el camino. Titubeó y, como siempre, eligió el equivocado.
Siguió andando. Jadeaban al sol los polvorientos verdes y reverberaba el trozo de mar que asomó de pronto regaladamente. El mar refugio, el mar escape, el mar que la abrazó tantas veces. Siguió andando negándose al recuerdo. ¿Para qué si parecía hacerla andar retrocediendo? Hizo un alto y se atrevió a mirar al frente, lejos; donde una línea implacable se apretaba al cielo y al paisaje.
Quiso vencer el cansancio con recuerdos más ligeros, pero se le arremolinaron risas, llantos, muertes, nacimientos; el hoy y el nunca latiéndole en el amasijo de un ayer revuelto. Sí; recordar aliviaba el paso, pero más dolía lo dolido que alegraba lo reído y decidió ponerse a contar pasos: uno, dos..., cien. Rompió la cuenta un ramalazo de amarillo enconado abrazándose al rojo que teñía el horizonte. Bello y fugaz como los grises que al asomar anunciaban ya otra despedida. Y otro amanecer.
Ni le asustaron las sombras ni le sorpendió la luz. Simplemente supo, sin saber, que había llegado.

LA PROMESA

Se lo oí muchas veces a mi padre, pero al descender el avión y divisar la costa me emocioné más de lo imaginado. Sabía que me esperaba el hijo de Rubén y me hice el firme propósito de no perder un sólo minuto en paseítos turísticos y conversaciones inútiles. Lo importante era llegar y ya llegaba; registrar la cueva, y lo haría inmediatamente. Se lo había jurado a mi padre, tenía el mapa que me había entregado, y en la memoria el escenario que guardaba de sus tan repetidos relatos:

El pueblo abrazado día y noche a un mar que sabía encresparse y asustar a sus curtidos pescadores. Los barcos, las redes, la pesca y, sobre todo, la minuciosa descripción de la cueva cercana a la costa donde tantas veces se había ido de niño con Rubén, su amigo de siempre. Hasta el día que llegaron al pueblo unos desconocidos hablando de vida nueva, de cambios y de un futuro mejor. Y les creyó mi padre. Y les creyó Rubén. Y dejaron las redes y el mar para irse a la Capital. De pescadores a milicianos. De pueblo breve y claro a ciudad febril y turbia. Cuando los golpeó la farsa ya no era posible dar un paso atrás y decidieron jugarse la vida dando un paso al frente. No fue cosa de días, ni de meses; y cuando llegó el momento decidieron mantenerse separados para no despertar sospechas y en día, fecha y hora precisa encontrarse en la cueva cercana a la costa, refugio de la infancia, sin acercarse al pueblo pesquero para no comprometer a nadie. Lloraba siempre mi padre al llegar a este punto de la narración preguntándose una y otra vez el porqué del trágico final.

“Lo planeamos todo tan bien... El lugar, la hora, el bote improvisado con un motor de cortadora de hierbas... No sé si llegué primero o si ya estaba allí Rubén. Me acercaba en la oscuridad cuando oí el disparo. Me quedé inmóvil entre la maleza temiendo y a la vez deseando que amaneciera. Y amaneció con una claridad extraña –como de mal agüero– y arrastrándome con mucho miedo busqué a Rubén...”
Lo había encontrado muerto. Y tres días estuvo mi padre escondido entre juncos y malezas hasta que desfallecido y delirante decidió correr el riesgo de acercarse a la cueva. Conocía sus escondrijos, y en el más recóndito buscó alivio a sus escasas fuerzas y al estado anímico en que se encontraba.

“Se me agotaron las cosas que llevaba” –contaba una y otra vez, el viejo– “Creí que me moriría allí de hambre y sed y angustia... Les juro que me salvó descubrir algo semidibujado en la pared de roca viva. De tanto mirar y limpiar vi que eran o unas alas, o un pájaro. ¡Y te digo que estaba allí de muchos años, mi´jo! Estoy seguro de que alguien, alguien tan desesperado como yo quiso dejar un mensaje...Sabe Dios... En mi desesperación, y creyendo que de allí no salía, agarré el cuchillo, raspé y dejé en la roca lo único que en mi desesperación repetía: Dios mío.”

A esa cueva, y a descifrar el mensaje de las alas o el pájaro dibujado en la roca iba yo cumpliendo una promesa. No conocía al hijo de Rubén, pero lo reconocí por la foto que me envió al localizarlo yo a través del nombre de mi padre, del suyo y del pueblo pesquero.
Apenas me detuve en el pueblo. Nada me obligaba. Limité mis salidas a una caminata cerca del mar imaginando a mi padre niño. Los pocos que vi, por insistencia del hijo de Rubén, eran primos muy lejanos.
La cueva, a la que llegué equipado profesionalmente, me resultó de un encanto e interés tan inesperados que me instalé en el lugar más próximo para trabajar días enteros en ella. La misión no era ya verificar su existencia para los que dudaban de las vívidas narraciones de mi padre, sino tratar de descifrar las alas o el pájaro dibujado en la roca. Comprobé que, efectivamente, en el recodo que se abría al lugar más estrecho y lejano de la cueva habían dibujado, muy toscamente, unas alas. Unas alas tan revestidas de años y humedad que ni la obvia injerencia de manos curiosas o desesperadas habían podido ocultar el tamiz del tiempo. Junto a ellas y más visible, el “Dios mío” de mi padre (No; no las imaginaste, viejo. Allí están; ennegrecidas, desvaídas, apretándose a las recondideces de la roca como testigos inquietantes y mudos).

Todavía me pregunto –como se preguntaba mi padre–, quién dibujó ese afán de vuelo, de huída, de libertad.
Tomé fotos, recopilé notas, indagué cuanto pude. Todo me llevó siempre a leyendas de indios, colonizadores y esclavos. Como ni quiero ni puedo confirmarlas o negarlas, guardo y comparto las más verosímiles.

Naobí y la libertad.-

Naobí solía esconder su soledad en una cueva llena de encantamiento y escondrijos. Una mañana, oteando desde una roca y refrescando sus pies con el salpicar del mar, ve con azoro la llegada de enormes y aladas naves. Inquieto y asombrado corre al batey donde encuentra, extrañamente confundidos entre su gente, a “hombres distintos” que muy pronto los esclavizarían forzándolos a trabajar más allá de sus fuerzas. Enfermedades, violaciones y suicidios en masa van diezmando a los suyos, y al decidir su padre sacrificar a toda la familia huye Naboí rechazando el sacrificio. Herido, logra esconderse en la cueva donde, antes de escapar a la Sierra, raspa la piedra y con sangre dibuja en ella su mensaje de libertad.

Damián y el vuelo.-

Entre los esclavos llegó Mercé. La llevaron al Ingenio donde creció con la Niña María Eugenia. Cuando Mercé alumbró a los gemelos, Domingo y Damián, es María Eugenia quien los bautiza, protegiéndolos y educándolos al morir la madre. Tenían los gemelos diecisiete años cuando una mala vuelta del azar hiere la engañosa quietud del Ingenio. Damián, al acercarse al pueblo, ve a Domingo atado a otros jóvenes y corpulentos negros.
“¡Están vendiendo a Domingo!”, gritaba, corriendo al Ingenio donde ya golpeaba la noticia. Al no lograr María Eugenia contener la avaricia de su propio padre, decide Damián escapar de igual suerte huyendo a la cueva amiga, donde muere con la vista fija en unas alas que desde la rocosa pared lo alientan con su mensaje.

HISTORIAS VIEJAS

Cuando el huracán abrazó la costa se desató el mar, crujieron las orillas y se arremolinó el miedo por techos, puertas y ventanas que desaparecieron como todo lo demás. Nada. Ni voz ni ojos para el asombro de la pálida, huérfana, fría y desolada intemperie total. Aquí y allá, sallpicando la nada, algunos animales muertos, y sin badajo la vieja campana de la iglesia.
Dos días después llegó, con los soldados, el azoro morboso de los pueblos cercanos. No encontraron más que un jirón de ropa de niña apretada a una rama de árbol muerto y se marcharon con más prisa que preguntas. Sólo los muy viejos repiten la historia que nadie cree. ¿Cómo creer que aquel pedazo de Edén festivo tuviera tan trágica y vieja historia? ¿Cómo relacionarla con la llegada y salida de los cruceros, con el más exitoso port of call y con la ávida y técnicamente sabihonda juventud que desembarcaba cada jueves?

Algo, no sabía qué, hizo que Walt se detuviera apenas pisar tierra. Lo seguía un bullicioso grupo sin disimular su desenfreno o embriaguez. Esquivó los empujones y los move, move... para volverse al compañero de cabina:
–Tengo la sensación de haber estado aquí antes. No sé... El paisaje, el olor a mar mezclado con algo dulzón... ¿Te ha pasado alguna vez?
–¡Claro! Cada vez que desembarco en una de estas islas del Caribe; pero muévete que estamos estorbando.
Respuesta que en nada aclaraba las extraña sensación que lo embargaba.

El hotel los acogió con el derroche y fragor de costumbre y tarde ya –en algún momento deliciosamente empañado entre la discoteca, el bar y el casino–, encontró a Ellen , que así dijo llamarse. Fue nuevo y hermoso hacer el amor bajo las estrellas, amoldándose las arenas al contorno de sus cuerpos.
Abrió los ojos, no a la claridad del día, sino a voces perdidas en la penumbra. En la semiclaridad que asomaba pudo ver una barcaza y a un pescador que le pasó muy de cerca sin mirarlo. Iba descalzo y llevaba los pantalones arremangados. Abrió más los ojos buscando a Ellen; pero ya no estaba. Fue entonces que vio al otro, mirándolo con no disimulado asombro.
–¡Caray! Creí que había encontrado un muerto. ¿Qué hace aquí? –rompió el silencio el pescador, haciéndole levantar de un salto.
–Creo que me emborraché y, bueno... Es una historia larga –se echo a reír mirándolo ahora con igual insistencia y sin comprender por qué le era tan familiar su cara.
–Pero usted es de por acá, ¿no? –lo miraba el hombre fijamente.
–No, no. Vine ayer en el crucero. Estoy en ese hotel –señaló uno de los edificios cercanos– Nos vamos esta tarde.
–Hum... Qué raro... Hubiera jurado que lo había visto antes. Y, ¿qué le parece esta mezcla de mar y campo?
–Muy lindo... Cuando llegué tuve la sensación de que ya lo conocía. No sé...El olor a mar mezclado con...
–Con jazmín –lo interrrumpió el otro–. El jazmín de cinco hojas que crece aquí como la verdolaga.
––La gente de aquí es muy amable –dijo Walt intentando serlo.
–Sí; somos buena gente. Mi familia es de por acá desde...¡Uh...qué le cuento! Anoche comenzó la arribazón del dorado y salí a pescar con mi padre, pero no tuvimos mucha suerte... Mire, me tengo que ir –y extendiéndole la mano–, Walterio Román, pa' servirle...
–¿Es una broma, o qué? –se encrispó Walt entre azorado y agresivo– No me gustan las bromas.
–Ni a mí tampoco– retiró el otro la mano ante el repentino cambio de tono y actitud – ¡Qué! ¿No le gusta mi nombre? A lo mejor tampoco me gusta el suyo y se acabó el asunto.
–Es que YO me llamo Walterio Román –respondió Walt alzando la voz.
Para su asombro se acercó tanto el otro Walterio, escudriñándolo, que dio un paso atrás instintivamente. Cuando reaccionó ya se había ido dejándolo sin respuestas y sin entender eso de:
"¡Vaya, vaya! A lo mejor no son cuentos de viejas y sabe Dios cuántos más habrá por ahí."

CASO CERRADO

Ni los golpes en la puerta, ni la sucia voz del Super alertaron a los inquilinos acostumbrados a sus bravuconadas y amenazas del primer día de cada mes; pero la cosa subió y subió de puntos hasta el espectáculo del inquilinato convoyando a la policía hasta la puerta de Eulogia. Más gritos, más golpes. Indagaciones inútiles. No; ni idea de a quién llamar o dónde buscarla, pero eso sí, opinaban todos a coro:
“¡Uf! Hace tiempo que no la vemos...”, “¡Quién dijo! Yo la vi...”, “¿Cuándo, a ver, cuándo...”, “Seguro que se fue pa´ Cuba”, “Pa´ mí que está muerta...”, “No seas lechuza...”.
–¡Qué va a estar muerta! Me anda rehuyendo... ¡Vamos, abran, abran! -apuraba el Super a los policías.
What is going on? –preguntó entre curioso y despectivo uno de los poquísimos americanos del deteriorado edificio.
¡Quiet! Yo necesitar last name de Ulogia... –se impacientó uno de los patrulleros con su limitado español, provocando otra hondanada de comentarios: “Buena gente, Officer …” “No hablaba mucho, pero era servicial...” “Eso sí; dos veces me ayudó a mover cajas...” “Fuerte estaba, pero era un poquito, vamos, caray, que la visitaban de noche y con mucho misterio...” “Oiga, la pobre, tiesa ahí dentro y usted ya con su mala intención…”, “Al pan, pan, señora; que yo he visto entrar a un hombre...” “Usted y su lengua machetera..!”
–Pa´ mí que se la dejaron en la mano a Pistola- cortó uno el alboroto soltando el nombrete que se había ganado el Super con eso de “a pagar coño o vuelvo con la pistola”.
–¡De eso, nada! ¡Viva o muerta, a mí me paga! Vamos... Abran la puerta...
Forzaron al fin la puerta del cuartucho, pero sacar la avalancha de vecinos que entró con los policías fue más difícil que revisar el escuálido inventario: una cama revuelta, una mesa, tres sillas, un televisor viejo, una rara mezcla de cosas en un ropero, una taza con rastros de café sobre la mesa, una peluca (que levantó más de un comentario sobre lo que creían mal teñida melena de Eulogia), y una saya, una blusa y un zapato regados por el suelo. Ni rastro del otro zapato. Se rascaba la cabeza Pistola mirando interrogante a los dos policías cuando, sin más, le pusieron en las manos un papel lleno de apuntes. Firmó donde le dijeron y lo dejaron con un “Lo siento, viejo. Aquí no hay ni muerto, ni a quién cobrarle”.

Trabajo les costó a los policías abrirse paso entre los vecinos que esperaban ansiosos la salida de la presunta finada, y echando una ojeada al espectáculo de hombres, mujeres, niños, y perros hociqueando entre todos, soltaron la risa ante un viejo calvo, descalzo y a medio vestir que se escurría avergonzado –pensaron– de haber salido en esa facha por no perderse el espectáculo.
Nadie, en la confusión del momento, observó que llevaba un zapato de mujer en la mano.

COMO ANILLO AL DEDO

Cortaba la navaja del frío y de pronto, apiadada de tanta figura encogida, se abrió paso una lluvia blanca, muda y ligerísima.
Luego de cruzar atropelladamente la primera puerta se respiraba a fondo en el ritual de quitar de los abrigos la menuda nieve. Traspasar la segunda puerta era entrar de sopetón en el calor de un vestíbulo que al hombre que hacía la limpieza se le antojaba siempre desmedido.
Dos conos amarillos con sus CAUTION WET FLOOR, defendían estratégicamente el territorio (el bolsillo) de la compañía aseguradora. Se inclinó para mover el cubo, también amarillo, y tropezaron sus ojos con el borde de unos pantalones ejecutivamente oscuros y un par de zapatos que, "¡por lo menos un 12!", pensó, incorporándose picado por la curiosidad.
This is the second time that I see you at the main entrance… –lo amenazaba un rabioso dedo índice. Don´t you know that the cleaning is to be done before and after office hours? I am going to report you to the Maintenance Department… –se inclinó para mirarlo como se mira una cucaracha¬– Do you at least understand what I am saying? Y sin esperar respuesta se alejó con un stupid Cuban que le llegó como una bofetada.
Lo siguió con la mirada hasta verlo entrar en el elevador. Recogió sus trastos y como tantas otras veces farfulló con una crispada sonrisita de medio lado: "Ay… ¡Qué suerte tienes, porque si yo…!"

Se fue directo a la Casilla 518 que se distinguía por llevar el más reluciente de los nombres. Revisó la correspondencia deshaciéndose a tirones del junk mail; cerró la puerta, se regodeó mirándola detenidamente, y como todos los días lustró con la bufanda el metálico y ornamentado A. LUCCA.
Le gustaba verlo, cerciorarse de que estuviera lustroso y fácil a la curiosidad de los inquilinos. A. LUCCA.
En realidad el nombre de su mujer, pero que a él le venía como anillo al dedo. Lucca le sonaba a guapo, a mafioso, y se le antojaba que aquella casilla, visible a todo el que se lanzara por la empinada escalera, era como un Do not disturb, un Keep out - Bad dog. Justamente lo que él necesitaba. Emprendió la subida hasta el tercer piso, entró en su apartamento cerrando de un golpazo la puerta, tiró los guantes, la bufanda y el gastado abrigo sobre una silla, y se fue derecho al Chivas Regal.
–Ah, no, mi´jito. Me recoges todo eso que aquí no hay criadas.
La miró él, apretó los labios, se sirvió un trago y prendió el televisor.
–¿Subiste el correo? Porque si llegaron las cuentas de la luz y la renta hay que pagarlas enseguida. Ah…, y la de la Visa, que hace dos meses que no se paga y los intereses nos están comiendo por una pata.
–Cuando cobre –dijo él tajante, echándose en el sofá para saborear el trago.
–¡Te digo que hay que pagarlas ya! ¡Hoy! Y ni pienses que las voy a pagar yo. ¡Qué va! Ya llueve sobre mojado… Siempre lo mismo… No hay dinero para pagar las cuentas; pero para tus botellas, sí. ¿Quién te has creído que eres con esas ínfulas de gran señor? Yo quisiera saber cuándo en tu vida tomaste en Cuba esa porquería que sabe a rayos y cuesta un ojo de la cara.
–Es lo que tomé siempre.
–¿Chivas Regal en un pueblo de mierda? ¿Un pueblo que nadie sabe dónde está?
–Te he dicho mil veces que la revolución les cambió el nombre a muchos pueblos y provincias –le tembló algo la voz en el intento de contenerse.
Ignoró ella la interrupción y sin mirarlo:
–¡Qué va…! Pagas esas cuentas o me voy con mi hermana y te quedas sin luz, sin calefacción, sin cocinera y sin comida. ¿Qué te parece?
–El viernes –la miró él atravesándola. Y quitándose los zapatos se acomodó decidido a ignorarla.
–Cambia el disco porque no engañas a nadie. –lo encaró ella– Siempre con la misma historia, pero ya me cansé… ¡Se acabó! Aquí no entra otra botella de ese maldito coch… o como se llame.
–E s c o t ch, e s c o t ch –pronunció él en voz alta y con énfasis en la e sobrante, haciendo alarde de su poco inglés.
–Como sea… Pero te advierto que no estoy jugando. O preparas esos pagos ahora o me largo –y ya agresivamente– Vamos… ¡Levántate o te levanto yo!
–¡Ya, ya, chica! –¡Déjame ver las noticias en paz! –se violentó dejando escapar a chorros y a todo grito mucho más que su malhumor.
–¿Ah, sí? Pues ¿sabes una cosa? Él que se va de aquí eres tú. ¡Y ya, ahora mismo…! Esta es mi casa –y percibiendo una sonrisita que no era más que miedo disfrazado– Sí, sí… ¡miii casa! ¿O se te olvidó que el contrato lo firmé yo? Y el de la la luz y el refrigerador y el televisor… Todo está a mi nombre, así que, ¡fuera! ¡Aquí no duermes esta noche! –y abrió la puerta en actitud francamente peligrosa.
De golpe pensó él en el maldito frío de la calle, en su situación, sus problemas de ahora, el problemón de siempre y se levantó meloso como un perrito faldero:
–Te juro que las pago el viernes, mi amor…Dos días más, te lo juro… Perdóname…¡Tú no sabes el día que he tenido hoy…! Yo sé que no te merezco… Si no fuera porque me diste una mano cuando llegué… Yo te juro… –y se abrazó a ella sintiéndose más arrastrado que el mapo por el mármol de los malditos pisos.
–Bueno… Ya, ya…No es para que te pongas así… ¡Cómo no te iba a recoger si parecías un perro mojado! –se ablandó ella ante la idea de afrontar sola el pago de la renta–. Está bien…El viernes…Pero te guardas tus groserías y no se te ocurra gritarme otra vez porque a mí no me grita nadie. No se lo permití a Enzo Lucca, como voy a…¡Sí, sí, Enzo Lucca…! No te gusta que lo mencione, pero bien que te gusta que te crean Mr. Lucca.
–No, mi amor, no… No me hagas caso…Tú sabes que yo me altero, exploto y ya… –se volteó cerrando los ojos, y apretando los labios: "Qué suerte tienes porque si yo …!"

Y después de todo, ¿a quién le importaba que se llamara Juan, Luis, Carlos… o Piti, como se empeñaba el cariño pegajoso de Mercedes? Después de tanto tiempo debía estar acostumbrado, pero lo cierto era que le reventaba el nombrecito y que le humillaban hasta violentarlo los chistes y las risitas solapadas que adivinaba a su paso.
Si el nombre definiera a la persona, sin duda que el suyo sería el de General de batalla bien ganada, o hampón de primera plana, o capataz de muelle turbulento. Vamos, que Ranulfo Robles Recio no era nombre para el enteco personaje que estiraba el pescuezo para alcanzar los escasos cinco pies tres pulgadas.
Mercedes, en su bobería, había dado en el blanco: Piti. Y Piti fue hasta que se enganchó en el carro de la revolución. Y con la revolución nada de bromitas. Allí, la vista afilada para hacer méritos, las piernas sueltas para esquivar el peligro y las manos ágiles para colgar soldados.
Pero igual que había subido sin pensarlo mucho, tenía ahora que bajar, dejar la Sierra, y con el rosario al cuello abordó el camión y asumió sin prejuicio alguno su papel de héroe. No era cosa de echar por la borda una oportunidad como aquélla. Que lo fuera o no era de poca importancia. Bastaba con que lo creyeran los otros, y para atestiguarlo estaba la ciega algarabía que los aclamaba.
No la disfrutó mucho porque había que dejar el camión y poner los pies en tierra firme. Un salto al suelo y a bregar con lo de siempre: enano, casi-uno, cabezón, retoño… Los malditos nombrecitos que le endilgaran desde el primer año de Bachillerato y que le amargaron la vida hasta enterrarlos en la Sierra; que de algo le valieron sus bravuconadas y aquel primer soldado colgado de una ceiba. Pero había que bajarse. Y pronto, que era el único que quedaba y ya se acercaban, seguramente a recibirlo.
–Oye, tú…como te llames… Entra y llévale estos papeles al Teniente.
Así, sin más. Sin preguntar quién era, sin averiguar, sin saber que a él tenían que respetarlo. ¿Qué se habían creído estos tipos engallados que aparecían ahora con ínfulas de super-revolucionarios? ¿De dónde rayos habían salido? De la Sierra no, porque…
–Vamos ¡muévete, que los están esperando!
Y él allí, mirando los papeles y pensando por qué diablos los había agarrado.
–¿Qué espera ese comemierda?
Le oyó decir a otro que enseguida, y levantando la voz:
– Oye… ¿No te dijo el compañero que entregaras eso?
Le ardieron los papeles en la mano y en la cara y en el súbito repaso de todo un pasado de burlas y humillaciones.
– Miren, compañeros…–se engalló– Yo he peleado mucho para que ahora vengan ustedes a…
Lo miraron con sorna de arriba abajo y se alejaron dejándolo solo y atragantado.
Despierta, Ranulfo, se dijo, que esto es la capital y las cosas aquí son muy distintas. Y distintas las caras. Y las circunstancias.
Decidió entrar y entregar los papeles. Le cerró el paso otro miliciano de quién sabe dónde, que ante su intención de entregarlos personalmente se los arrancó de la mano recorriendo con una sonrisita su menguada figura. Allí sus méritos y proezas no contaban, y sin su piel de héroe se miró cerciorándose de no estar en cueros. No; no lo estaba, pero sí disminuido, pequeño, insignificante.
De pronto recordó el apoyo y la protección de Mercedes sin imaginar siquiera que lo buscaba ella en el tumulto; que camión que pasaba camión que abordaba con la misma pregunta. Cuando encontró a su Piti, que de tanto corre-ve-y-dile parecía aún más "piti", se enterneció hasta el punto de escuchar pacientemente todas sus proezas y heroicidades.
Se casaron el 15 de febrero de ese mismo año. Piti necesitaba mujer y Mercedes el amparo de un verde-olivo de verdad; de uno de los recién llegados recibidos con bombos y platillos. ¿Y quién mejor que Piti para tapar la sombra del otro; del que sin esperar la entrada triunfal de la revolución se había exiliado con la Plana Mayor dejándole el silente mensaje de "si te vi no me acuerdo"? ¿Acaso no se corría la voz de que era uno de los bravos de la Sierra?
El primer fusilamiento que presenció fue el de dos adolescentes ultimados junto al muro, y aquel "Viva Cristo Rey" le erizó hasta la raíz del pelo quedándosele como espina en la garganta. Pero se acostumbró. No podía permitirse el lujo de sensiblerías a costa de arriesgar su propia sangre tiñendo ese u otro muro. Además, su historial en la Sierra no se lo permitía. A él había que respetarlo. Ya les demostraría que le sobraba algo mucho más importante que estatura. Era cuestión de buscar o inventar la ocasión. Para empezar, nada de motes ni de jaranitas. A él iban a respetarlo.
Rebasada esa etapa comprendió que había llegado muy lejos y que no había vuelta atrás. El de los papeles, el que lo subestimó tomándolo por simple mensajero, y el otro, el que se había atrevido a llamarlo "comemierda", fueron los primeros en caer. Al primero lo tenía bien guardadito y molido por traidor, espía, contra-revolucionario. El otro ya no podía hacer el cuento. Ahora, de Piti, nada. Sólo Mercedes, y en la cama. Que al poner los pies en el suelo ya era Ranulfo, y de la puerta para afuera: Capitán Robles. Si acaso, según los aciertos de ella y el talante de él: Robles. De Piti, nada. A él tenían que respetarlo. Y se crecía y empinaba sobre los cuerpos de los muertos y el horror de los que entre rejas sufrían su venganza. No se le ocurrió pensar que las monedas tienen siempre dos caras y que le tocaría afrontar el reverso de la suya.
Primero, le dieron mala espina las evasivas, y con la primera puerta que encontró cerrada le llegaron los insomnios; pero fue el traslado la puntilla que le hizo tomar la decisión.
"Eres el indicado… solamente alguien con tus agallas…, con tu expediente revolucionario…”.
¡Tirarle a él con la palabrería que tanto había empleado para sacar del camino a otros ¡A él con el discursito! ¿Creían los muy estúpidos que podían engañarlo? ¿Tretas al Mago?
En menos de 24 horas, moviéndose en esferas donde todavía se respetaba al bravo de la Sierra, al héroe de la Revolución, y dejando dos muertos en el camino, abordó un avión militar y abandonó el país obsequiando a Mercedes con otro "si te vi no me acuerdo".
Después de muchas vueltas y huyendo hasta de su sombra, se decidió por una ciudad lejana, inhóspita y de un frío desmadrado donde difícilmente lo reconocerían.
Apenas instalado decidió que todo lo que precisaba, y pronto, era un nombre; otro –porque hasta allí había llegado con uno que gracias a sus mañas y conexiones tampoco era el suyo–, y para eso nada mejor que ponerse a la caza de una viuda sin hijos ni familia, pero con un Smith o Willis o Parker, o lo que fuera, que le resolviera el problema. Sin duda que el LUCCA del difunto le venía como anillo al dedo.

VIGENCIA

Cuando el último relámpago le encendió el miedo a la noche ya estaba él lejos, a salvo de la furia irracional de la turba. Le temblaban las rodillas cuando se bajó del caballo sin olvidar la palmada en el anca para que regresara al potrero, aunque sí olvidó desensillarlo.
Lo que acababa de ver en el pueblo lo había sacudido, y todavía asustado se sirvió un trago, cerró los ojos y no le sorprendió lo vívido del recuerdo... La calle ensangrentada, el niño...

Sí, ese niño era él... Él, en su uniforme de colegio... Él, sin saber por qué lo alejaba, lo arrastraba desesperadamente su madre empeñada en alejarlo del tumulto, la gritería y el odio de los hombres... Él, con los ojos clavados en aquel amasijo sangrante que avanzaba tiñendo el pavimento a las voces de “asesino, “esbirro”, “machadista...”

No sabía ahora, después de escapar de otra turba y otros gritos, cómo había podido encerrarlo en el rincón más negro de la memoria. Quizá el coletazo del recuerdo obligándole a huír como si fuera uno de los amenazados; quizá el pasado reclamando su vigencia; quizá un aquí y un hoy predestinados.
Apenas se reponía cuando oyó voces y pisadas. Abrió la puerta de un tirón y se plantó allí sin saber cómo explicar su cobarde huída a los jóvenes del pueblo que hablaban a la vez entre la preocupación y el deseo de disculpar lo acontecido unos minutos antes:
"Vinimos porque nos preocupó verlo salir así..."
"No sabe cuánto sentimos lo que ocurrió, pero fue más ruido que otra cosa..."
"Estaban buscando a los hermanos Núñez, no los encontraron y se olvidaron del asunto..."
"Mire, en La Habana, no sé... Pero, hasta ahora, aquí nunca han linchado a nadie. Todo el mundo se conoce y las cosas no pasan de insultos y amenazas..."
–No siempre, no siempre –pudo decir, y advirtiendo que permanecían de pie bajo el claro-oscuro de la noche que se avecinaba, abrió más la puerta con un:
–Entren... Precisamente acabo de servirme un trago.

Cuando regresaron los jóvenes a la bodega del pueblo, lugar de parada fija antes de irse a casa, y de donde habían salido sorprendidos ante la abrupta retirada del recién llegado dueño de La Marinera, se apresuraron a explicar, en más de una versión, las posibles razones del extraño comportamiento de quien apenas unos días antes había compartido con ellos una afectuosa bienvenida a la finca de sus abuelos.

El viejo médico del pueblo, con tiempo ya de rumiar recuerdos, oía los comentarios sin decir palabra. Hablaba poco el médico, y sabían todos que sería inútil preguntarle porque en su breve visita de todas las tardes se limitaba a responder lacónicamente a los “¿Cómo está, Dóc”, “¿Qué pasó que ayer no lo vimos..?”
Aparentemente ajeno a los comentarios, apenas levantó la vista el médico al acercársele otro de los viejos pilares del pueblo con un:
–Oye... Esos muchachos no tienen idea de que que ese hombre vio arrastrar a su padre.

SIN TIEMPO

Ajeno a los amarillos enconados que despedía la tarde solo atinaba a repetirse que estaba a salvo. Lejos de la convulsa ciudad, las turbas, el paredón, el miedo.
Asumir el injerto fue más necesidad que heroísmo y roto, ensangrentado y medio vivo lo había soltado la avioneta del otro lado del mar. No le fue ni bien ni mal. Nunca lo supo ni se lo preguntó. El tiempo se le hizo corto, y de pronto comenzó a ser él y otro y otro y otro más.
Solo que, también de pronto, se rompió el ciclo y comenzó a ser menos y menos hasta no ser él.

Quizás, con un poquito más de tiempo... Quizás buscando nombres, fechas, lugares de aquí y de allá. Pero no; ni los papeles ni las esquelas tenían ese dato.
Por una de esas jugarretas del azar recordó una calle, una casa, un patio, un niño. Le temblaban las manos cuando, después de buscar una aldaba que ya no estaba, apretó el timbre.
– ¿Sí...?
–Vengo... a ver a Luisito... Al niño...... –logró decirle al hombre que lo miraba extrañado.
–Aquí no vive ningún niño. Ceo que tiene la dirección equivocada.
-No, no...Aquí es...
– Oiga yo vivo aquí hace más de treinta años y...
Rompió el equívoco un carro patrullero deteniéndose frente a la casa.
– ¿Luis Fernández Ruiz? –preguntaron, y como tantas otras veces lo devolvieron a los suyos; aunque no al Luis que había sido o al niño que angustiosamente buscaba.

EL VIAJE

Se bajó del remendado Chevy del 57 con ínfulas de taxi, y al volverse se encontró frente a lo que parecía ser su casa. Miró a uno y otro lado y sí, lo era, aunque costaba reconocerla. Allí, como en todo lo que había visto en el recorrrido desde el aeropuerto, hasta el verde era pardusco. Mezcla de tierra, polvo, tedio, abulia, desesperanza.

Lo esperaban. Automáticamente saludó a las dos mujeres que le salieron al paso. Recordaría luego, cuando le preguntaron por ellas, que no podía adivinar sus edades porque aunque ágiles y bien dispuestas tenían el rostro surcado de vida; y aunque de voz clara y joven tenían ambas una huidiza sonrisa de maltratados dientes.
En cuanto traspasó el umbral miró a su derecha. Una cortina desteñida cubría toda la pared. Se le apretó la garganta recordando el hermoso ventanal cercano a la escalera donde, en las Navidades, el árbol iluminado hacía guiños a la calle.
–Detrás de esa cortina había un ventanal... –dijo, por romper la emoción que lo invadía.
–¡Ya no, qué va! Cuando nosotros vinimos pa´cá había unos cartones. Mi marido tapó el hueco con maderas y yo le puse la cortina pa´ que no se viera tan feo.
Se volteó y dio unos pasos a la izquierda. Sí; allí estaba la puerta que daba al patio, enlosado irregularmente y bordeado de plantas, donde tantas veces se reunía la chiquillería amiga, a todo volumen la inconfundible voz de Elvis Presley.
Intentó abrirla, pero desistió apenado por no haber tenido la delicadeza de pedir permiso para hacerlo.
–Perdonen. Es que allá afuera nos reunimos muchas veces y me gustaría…
–Tuvimos que cerrar el patio y clausuramos la puerta. Ahora se entra por el frente –dijo una de las mujeres.
–Es que mi marido necesitaba espacio –intervino la otra–. Él arregla ventiladores, planchas… De todo… Figúrese… Hay que bregar con lo que se tiene…Usted sabe… Las cosas son de hace más de 50 años…
Comprendió entonces por qué, al verse frente a la casa, la vio igual y distinta al mismo tiempo. Sintió un imperioso deseo de marcharse sin ver, sin saber.
–Puede subir… No tenga pena.
–No, no… –y se volvio en redondo buscando la salida.
–Sube, muchacho…Te estábamos esperando.
Se detuvo en seco a esa voz de hombre que, de pronto, le pareció conocida… Pero, ¿quién, quién…?
Miró hacia arrriba y quedó paralizado, las manos súbitamente frías y un escalofrío corriéndole desde la nuca hasta las temblonas rodillas.
Allí, en el rellano, estaban todos. La dos abuelas. Los tíos: el alto, el que tocaba guitarra y el rubio de los ojos verdes. Y el abuelo. El abuelo a quien apenas recordaba y que, con aquel "sube, muchacho", se acercaba ahora para abrazarlo.

De un salto se vio de pie junto a la cama. Sudaba copiosamente. A duras penas pudo llegar a la cocina, y sin controlar el temblor de la mano se bebió de un tirón un vaso de agua.
Volvió a su cuarto, se sentó en la cama, encendió la lámpara cercana y fijó la vista en el reloj despertador. Las dos de la madrugada. "Recuerda que tienes que estar en el aeropuerto antes de las seis", le habían advertido. Echó un vistazo a los papeles cuidadosamente ordenados: pasaporte, notas, cartas, direcciones… Y el boleto para el avión que saldría ese mismo día. De un manotazo lo echo todo al suelo.

"Tiempo, esfuerzo y dinero perdidos… –se lamentó– Pero, ¡qué va! Allá no voy. Muchos años, muchos recuerdos frustrados, muchos fantasmas."
Se metió en la cama, haló la sábana y se cubrió hasta la cabeza.


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