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(DE RIMA-CONTANDO)

PÍO-PÍO Y LA MARIPOSA

Zulosa, la mariposa
vuela que vuela volando
va despertando al rocío
que se duerme en cada flor.
Zulosa, la mariposa
no sabe que Pío-Pío
la sigue con mucho amor.

Pío-Pío era pequeñito, amarillo y blando como una bolita de algodón. Tenía unos ojos tan negros y brillantes que parecían botones, y las patitas de un delicioso rosado-melocotón.
Mamá Clo-Clo tenía otros cinco pollitos, tan iguales entre sí que cuando paseaba con ellos por el jardín parecía llevar una cola amarilla que la seguía por todas partes. ¿Y Pío-Pío...? ¿No la seguía Pío-Pío?
Pues, no. Pío-Pío andaba siempre alejado y metiéndose en toda clase de líos. Mamá Clo-Clo se desesperaba vigilando y protegiendo a este hijito que era el más alocado, el más pequeño y el de un amarillo más brillante.

Un día, corriendo detrás de una lagartija, se encontró de pronto Pío-Pío frente a la nariz de un gato. Tal fue su miedo que corrió todo el patio a pío-pío pelado, mientras Mamá Clo-Clo se enfrentaba al gato picotéandole la cabeza. Pero ¡qué va! ¡Ni con el susto aprendió Pío-Pío!
Aquella misma tarde, cuando Mamá Clo-Clo y sus otros pollitos se disponían a dormir, se metió Pío-Pío en un cantero de flores para salir enseguida pío-piando, revolcado por los saltos de Verdilinda, la ranita del jardín.
Mamá Clo-Clo, no sabiendo qué hacer con el más inquieto y amarillo de sus hijos, decidió dejarlo solo para que aprendiera su lección, y una noche, viéndose solito, decidió Pío-Pío irse a dormir a un rincón del patio. Eligió una piedra muy linda y pulida que acababa de descubrir; se subió a ella de un salto, se acurrucó bien, cerró los ojos y… ¡Vaya susto cuando la piedra sacó patas y cabeza y comenzó a andar tan bruscamente que cayó Pío-Pío al suelo dando vueltas como un trompo, mientras Doña Tea, la jicotea, se alejaba feliz de haberse quitado de encima al fastidioso y atrevido pollo.

Y así, sin obedecer y sin seguir a Mamá Clo-Clo, siguió Pío-Pío pasando apuros hasta que descubrió, revoloteando entre las flores del jardín, a una mariposa de alas azules salpicadas de luz.
Pío-Pío, deslumbrado, siguió a la mariposa hasta allí, hasta allá, hasta más allá… Pero la mariposa batió sus alitas y se alejó dejando a Pío-Pío inmóvil y tan, tan triste que allí estaba cuando llegó la lluvia, cuando llegó el atardecer, cuando llegó la noche…Y cuando llegó el gato decidido a cenar pollo-amarillo.
Mamá Clo-Clo, que vigilaba siempre a su pollito, vio el peligro en que estaba Pío-Pío y se lanzó sobre el gato con tanta furia que casi lo deja sin pelos y sin bigote.

Desde aquel día, y sin poder olvidar a la mariposa azul, Pío-Pío se unió a sus hermanitos para hacer aún más linda la cola amarilla que seguía a Mamá Clo-Clo cuando se paseaba a gusto por el jardín.

LOS DOS GALLITOS

Colorín es un gallito
que presume de tener
muchos colores bonitos.
Se alborota el gallinero
cuando asoma Colorín
y se queda calladito
cuando la gallina blanca
encrespándose les grita:
¡A callarse o no les dejo
ni un granito de maíz!

De todos los animales que cuidaba Pirulo, sus preferidos eran dos gallitos que se creían dueños del gallinero y una gallina blanca que se destacaba entre las otras, no sólo por su color, sino por tener un genio tan vivo que atacaba a gallinas, gallos, pollitos y hasta a los que se atrevían a entrar al gallinero.
De los dos gallos, uno era pequeñito, ágil, inquieto, y con plumas de tantos colores que se entremezclaban el rojo, el verde, el amarillo y el azul. El otro era grande, con un copioso plumaje rojo-marrón y con un aire de “aquí mando yo” que las gallinas le abrían paso cuando se acercaba.

Un día, Alicia –que visitaba la finca con su abuelito–, le preguntó a Pirulo:
–¿Cómo se llama ese gallito majadero…El que tiene muchos colores?
–Se llama… Se llama… Colorín –respondió Pirulo que las inventaba al vuelo.
–¿Yel otro? El grande y rojo que está allí –señaló Alicia con el dedo.
–Pues… Colorao –le dijo Pirulo sin pensarlo dos veces.
–¿Y la gallina blanca? –insistía Alicia.
–Esa es La Grifa –remató Pirulo bautízándoles con los nombres que desde aquel momento tendrían.

Una mañana, muy tempranito, Colorín se despertó tan alocado que corría y corría por todo el gallinero atropellando a cuanto pollo, gallo o gallina se le ponía delante. Cuando se cansó de sus carreras la emprendió con saltos voladores: a un árbol, a una viga, al alero, a lo más alto del techo; y de vuelta al alero, a la viga, al árbol... Las gallinas, azoradas, iban de un lado para otro sin saber donde ponerse, hasta que ¡ZAS!, se vino al suelo Colorín quedándose quieto y mudo como una alfombrita de colores.
El alboroto se hizo mayor con el revuelo alrededor del pobre Colorín. De pronto, apareció Colorao poniendo fin a la algarabía y al corre-corre.

–¿Qué pasó aquí? –preguntó moviendo la cabeza y mirando con un ojo para acá y con el otro para allá. Y ahí mismo se armó de nuevo el escándaloso cacareo, que terminó cuando Colorao, como todo un Señor Juez, ordenó:
–¡A callarse! Que hable La Grifa.
Se infló La Grifa como si la soplaran con un secador de pelo, y con lujo de detalles y aspavientos contó su versión de las carreras, los saltos y la caída del gallito.
Colorao se acercó con toda calma a Colorín, le dio una, dos, tres vueltas; lo picoteó entre las plumas, y acercando la cabeza le dijo muy bajito para que solo Colorín pudiera oírlo.
"Querías demostrar que eres más joven, más listo, más gallo que yo, ¿eh? Pues ya ves..."
No pudo continuar porque llegó Pirulo, y ya sin aires de “ordeno y mando” se alejó de un salto dejando a las gallinas con un cacareo insoportable.

Pirulo se asustó al ver a La Grifa chillando como nunca, a Colorao con el pescuezo estirado y las alas abiertas, y a Colorín en el suelo, blando y desinflado como un gallito de trapo.
–Pero ¿qué pasó aquí?
–Eso mismo pregunté yo –dijo Colorao mirándolo con un solo ojo.
Pirulo levantó a Colorín, y creyendo que estaba muerto echó a correr pidiendo ayuda a toda voz. Tanto corría y gritaba, con el gallito bajo el brazo, que se despertó Colorín... Bueno, volvió en sí –que así se dice–, y de un brinco saltó al suelo corriendo como un azogado.

Cuando Pirulo lo llevó de nuevo al gallinero se alegraron todos, ¡hasta La Grifa! que es mucho decir, y Colorao, después de revolcarlo un poco, agachó la cabeza para terminar el discursito que tenía atragantado desde la llegada de Pirulo.
"¡A ver si con el susto se te quitan las ínfulas de pájaro volador! Que si gallo te hizo Dios, gallo eres, Colorín".

ROJITO Y EL TIBURÓN

En el mar hay peces grandes
y peces muy pequeñitos.
Los grandes, si tienen hambre
se comen a los chiquitos.

Rojito era uno de los peces más lindos que habitaban los mares. No recordaba quién le había puesto el nombre; pero sí sabía que estaba muy bien puesto, porque cuando se miraba en el espejo del agua se veía de un rojo brillante, con dos rayas amarillas y simétricas a cada lado, unas aletas de un azul ténue y una cola de ostentoso azul brillante.
Rojito también sabía que todos admiraban su agilidad y sus colores. Tan lindo era que un día lo pescó Alicia, y al verlo le gritó a su papá:
–Mira, mira… ¡Qué lindo! –y lo dejó ir.

Doña Cherna, que era maestra y sabia, le había dicho a Rojito que el tamaño, los colores y qué sé yo cuántas cosas más se heredaban de los antepasados. –¡De los queeé…? –preguntó Rojito que nunca había oído esa palabra.
–An-te-pa-sa-dos –silabeó lentamente Doña Cherna– Tus abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y todavía más atrás.
-Ahí está la explicación de tu tamaño, tu agilidad y tus colores.
Lo cierto es que Rojito no había visto a nadie parecido a él, y hasta creía que la maestra inventaba todo eso para hacer alarde de sabiduría.

Pasaba el tiempo, y una tarde, cuando andaba –digo– nadaba Rojito buscando algo de cenar, vio que el agua a su alrededor se enturbiaba, se ennegrecía, se volvía espesa y pegajosa. “¡Petróleo! ¡Petróleo!”, le llegaron los gritos que acompañaron un largo rato a los peces que huían con todas las fuerzas de sus aletas, de sus colas y del miedo que los aceleraba.
Rojito nadó y nadó creyéndose entre amigos, pero al hacer un alto para descansar se vio en un lugar extraño, entre peces que nunca había visto antes y que nadaban alrededor de él mirándolo con curiosidad. Se asustó temiendo que fueran capaces de hacerle daño, tranquilizándose enseguida al advertir que estaban todos admirando sus brillantes y caprichosos colores.
Se fue Rojito acostumbrando a sus nuevos paisajes y vecinos cuando, de pronto, se vio frente a un pez más ancho, más grande y más lento que él, pero con sus mismísimos colores. Se quedó Rojito mirándolo, mirándolo... Se quedó el pez grande mirándolo, mirándolo...
–¿De dónde vienes tú? – preguntó el pez grande sin dejar de mirarlo.
–De muy lejos. Un barco dejó caer petróleo y tuvimos que salir huyendo –y dándole vueltas para observarlo mejor, añadió:
–Oiga, usted se parece a mí.
–No, hijito. Tú eres el que te pareces a mí, porque yo soy más viejo.
–¿Y cómo es que nos parecemos tanto?
–Eso lo vamos a saber enseguida. A ver… ¿Cómo era tu mamá?
-Rojito comenzó a describir a su mamá, pero el pez grande lo interrumpió:
–No, no; por ahí no va la cosa. Vamos a ver… ¿Tú papá era también rojo, aunque no tanto como tú y yo, con una raya negra y dos manchitas amarillas a cada lado? ¿Con las aletas azules y…?
–¡Sí, sí! –se asombró Rojito–. ¿Cómo lo sabe?
–Porque yo soy tu abuelo –se le acercó el pez grande acariciándole el costado.

Se alegró tanto Rojito que nadó, saltó y se zambulló una y otra vez zigzagueando en el mar como una flecha de colores. Cuando terminó su demostración de alegría y ligereza, el abuelo le dijo:
–No te separes de mí en ningún momento porque este es el mar preferido de los tiburones.
No hizo más que decir TIBURONES y allí mismo, observándoles, apareció uno, tan, tan grande, que por primera vez creyó Rojito en monstruos marinos, y sin pensarlo mucho echó a nadar con tantas fuerzas que parecía una fosforecente raya de colores cortando el agua. Lo peor que pudo hacer, porque tras él salió el tiburón decidido a disfrutar de una colorida merienda.
–Espere, espere, Señor Tiburón –se cruzó por delante el abuelo–. ¿No le da verguenza? Acosar así a un pez tan pequeño que no le va a matar el hambre… Búsquese algo mejor y deje en paz a Rojito.
El tiburón le dio la razón, cambió de idea y atacó al abuelo que se le escapó de un giro en redondo.
–¡Por favor, no se coma a mi abuelo! -quiso defenderlo, Rojito- Lo acabo de encontrar y lo quiero mucho. ¿Usted no tiene abuelito, Señor Tiburón?
El tiburón, que no había oído una palabra –tan pequeñita era la voz de Rojito–, abrió la bocaza y se los tragó a los dos de un sorbo.
Como estaba oscuro en la panza del tiburón, Rojito se pegó bien a su abuelo con mucho miedo y muchas ganas de llorar, pero el abuelo lo tranquilizó diciéndole:
–No te apures, que en cuanto abra la boca para comer algo, salimos. Tú, no tengas miedo y sígueme.

Y así fue. Buscaba y buscaba el tiburón algo más que tragar, y al encontrar un montón de pececitos que se movían sin apenas separarse, abrió la bocaza y al entrar todos de un tirón salieron tan campantes Rojito y el abuelo salvador.

IZANDO VELA

En un barquito de vela
voy el mundo a conocer.
¿Por qué no vienes conmigo
en mi barco de papel?

Me quité los zapatos y las medias y me metí en el agua. Allí, esperándome, estaba mi barco. Me subí de un salto, izé vela, y nos llevó la brisa hasta la raya del horizonte. Cuando quise regresar se desinfló la vela, se quedó el barco quieto, y tuve que esperar y esperar, rezar y rezar, hasta que Dios le dijo a la brisa, "A empujar ese velero", y ¡zas!, regresamos más rápido que las olas, los peces y las lanchas que dejábamos atrás.

Al vernos llegar se nos acercó un niño y yo, muy orgulloso, le dije:
–Nos fuimos mar adentro hasta el horizonte.
–¿Queeé…? –preguntó él.
–Que me fui en mi barco hasta allá… –y con el dedo señalé bien lejos.
–¡Qué mar, ni qué barco…! – se rió burlón.
–Pues éste. ¿No lo ves? – y le mostré el barquito.
Me lo arrebató de la mano, y como era de papel y estaba mojado se desbarató.
Se alejó el destructor dejándome triste; pero decidí hacerme otro barco y una señora que nos miraba me animó diciéndome:

"Que zarpes pronto y que llegues tan lejos como quieras. ¡Ah...! Y no hagas caso de ese niño tonto que no sabe jugar con la imaginación.

MERIENDA EN EL BOSQUE

La Caperucita Roja
se fue al bosque a merendar.
Invitó a sus amiguitos:
conejos, ciervos, ardillas
mariposas, pajaritos…
Al lobo no lo invitaron.
Nadie lo quiso invitar.

Después que la abuela de mi cuento salvó del lobo a Caperucita, estaban tan, tan contentas las dos, que decidieron irse a merendar al campo. Prepararon una cesta con queso, frutas, agua y panecitos.
Cantando iban por el camino cuando observaron que los animalitos se asomaban para verlas pasar.
–¿Por qué no los invitamos, abuelita?
–¿A todos? –preguntó algo asustada la abuela recordando lo que llevaban en la cesta.
–Sí, sí… A todos.

Y los llamaba Caperucita, y respondían ellos acercándose con semillas, nueces, flores, frutillas… ¡Hasta yerba les traían!
Crecía y crecía el grupo que andaba feliz cantándole a los árboles, a la brisa, a las mariposas... De pronto se oyó el vozarrón del lobo:
"¿Y NO ME INVITAN A MÍ?"

Del susto se detuvieron todos. Caperucita y la abuela, sin saber qué hacer, miraron a los animalitos que a coro dijeron:
-¡No, no! Al lobo no lo invitamos-, y alegres y sin miedo se fueron a merendar.

DILUVIO Y EL DESPERTADOR

Don Sol está perezoso.
No se quiere levantar
y Doña Luna, enfadada
le dice a su amigo gallo:
“canta, mi gallito canta
que al sol hay que despertar”

Los ojos de Doña Luna son tan grandes que cuando Don Sol anda todavía perezoso y arrebujado en su manta favorita –la que le hizo la estrella Azulina con retazos de nieve del Polo Norte– lo puede ver ella sólo con echar una mirada detrás del horizonte.
A Don Sol no le gusta levantarse temprano. Todos creen que sí; que salta y lo enciende todo para despertar a los dormilones, pero ¡qué va! Doña Luna sabe, porque lo ha visto con sus ojos grandes, que Don Sol se duerme en cuanto ella aparece; y que duerme y duerme hasta que Diluvio, el gallito-despertador, se encoleriza y empieza a chillar; y chilla que chilla con un genio de mil diablos, despierta a Don Sol que todos los días se arrepiente de haber aceptado el regalito de Doña Luna; pero ¿cómo iba a imaginarse que era un gallo-despertador?

La idea de devolvérselo le daba vueltas en la cabeza. “Bien envuelto –pensaba– en un lindo papel de rocío y una cinta de luz…”
–¡Ni se le ocurra! –chilló Diluvio que de tan viejo adivinaba el pensamiento. –¡Tú, te callas, Gallo escandaloso, que a ti te devuelvo hoy mismo! –le dijo Don Sol amenazándolo con un dedo.
–¡Ni se le ocurra! –repitió Doña Luna que, como siempre, lo había visto y oído todo –¿Quién le ha dicho a usted que yo necesito despertador? En pie estoy cuando y donde tengo que estar; en pie para que usted no lo achicharre todo; en pie para que los niños puedan ver las estrellas; en pie para…
–Ya, ya, Doña Luna –la interrumpió Don Sol–. No me venga ahora con sermones. Es verdad que llego un poquito tarde algunas veces, pero reconozca que nunca he dejado a nadie morirse de frío.
–Vamos, Don Sol. Confiese que llega porque lo despierta el despertador.
–¡No, no, no! –chilló Diluvio– Llega porque lo despierto yo.

AZULINA EN EL JARDÍN

Una luz en la ventana
a la estrellita llamó:
"Baja, Azulina preciosa"
y la estrellita curiosa
a la ventana bajó.

Acodada en su balcón iluminado y tibio de luna, veía Azulina aquella luz pequeñita que de muy lejos le hacía guiños invitadores. Sin pensarlo dos veces se decidió a bajar, y busca buscando llegó al jardín cuando todavía dormían los animalitos del patio, las flores hablaban con el rocío, y el jazminero –el de la flor perfumada y pequeñita– trepaba hasta el alero decidido a embriagarlo todo con su olor.

Pero, ¿dónde, dónde está la luz? –se preguntaba Azulina– ¿Cómo es posible que estando tan cerca no la pueda encontrar?
"¡Es tarde y se ha ido a casa, tonta!".
Sorprendida y molesta miró Azulina a su alrededor, y al no ver a nadie pensó:
"Bueno, seguramente fue una flor mal geniosa y mal educada", y siguió buscando a la lucecita amiga hasta que al fin se acercó despacio a una ventana, asomó su carita, y le sonrió a una niña que al verla gritó sorprendida:
–¡Mami, hay una estrella en el jardín!

AZULINA EN EL MAR

En el mar cayó una estrella.
Los pececitos la amaron
el oleaje la pulió
la arena jugó con ella
las algas la acariciaron…
Y cuando estaba dormida
¡el agua se la tragó!

Azulina era la más pequeña de todas las estrellas del cielo, pero también la más alegre y revoltosa. Iba de un lado a otro revoloteando como una mariposa de luz sin dejar de hablar, de cantar y de alborotar a todas las estrellas con sus “A dormir, a dormir…” “A despertar, a despertar…”. Hasta se atrevió una vez a decirle a Doña Luna: “¡A dormir, a dormir que ya es de día…!”

La Madre-Estrella le había dicho mil veces que las estrellas no duermen, que tienen que estar siempre bien alumbraditas porque cuando amanece aquí, es de noche allá; pero a Azulina, que bajaba muchas veces para estar cerca de los niños, le gustaba decirlo así y así lo decía con su alegría contagiosa.

Una mañana, se le ocurrió mirar hacia abajo y la deslumbró un azul intenso que parecía llamarla desde muy lejos, y sin pensarlo dos veces bajó, bajó, y tanto bajó que se cayó en el mar.
La Madre-Estrella, que la había visto caer, comenzó a gritar:
–¡Azulina se ha caído al mar…! Azulina se ha caído al mar!
Y vinieron todas las estrellas, y bajaron hasta acercarse al mar, y buscaron y buscaron sin poderla encontrar.
–Se la tragó el mar… Se la tragó el mar –repetían llorando sus amigas.
Pero la Madre-Estrella, que conocía muy bien a Azulina, las consoló diciendo:
–No se aflijan. Yo sé que donde quiera que ella esté habrá luz y felicidad.

Esa misma noche, unos pescadores tiraron sus redes y se quedaron asombrados al ver una luz brillante que salía del mar despertando a los peces, las algas, los corale...
–¡Miren, miren! Algas, peces, corales… ¡Y una estrella! ¡Una estrella iluminándolo todo! ¡Una estrella de mar revoloteando como una mariposa de luz!

NUBECITA

Mi ovejita Nubecita
tiene lana y cascabel.
La lana para abrigarse
y el cascabel, ¿para qué?
Para que no se extravíe
cuando se quiera esconder.

Mary had a little lamb… ¡Perdón, me equivoqué! Claro que es conveniente saber más de un idioma; pero este cuento es en español, así que comencemos de nuevo.
Mary tenía una ovejita empeñada en saberlo todo, verlo todo, oler y comérselo todo. Tan inquieta y curiosa era, que cada vez que salían a pasear se iba por aquí y por allá hasta que se extraviaba y tenía Mary que llamarla una y otra vez.
–Nubecita… Nubecita…
Siempre regresaba, pero una tarde, ya anocheciendo, tan lejos se fue Nubecita que se perdió. Bueno, no se perdió porque la encontró Pirulo cuando, viendo que comenzaba a llover, agarró su capa de agua, se calzó sus botas de trabajo y salió para asegurarse de que todos sus animalitos estuvieran resguardados.
En eso estaba cuando oyó un Beee… Beee que no conocía, y allí, asustada y llena de fango, encontró a Nubecita.
Qué raro –pensó–, por aquí no hay ovejas. ¿De dónde habrá salido ésta? Y sin pensarlo mucho decidió protegerla del mal tiempo llevándosela a su corral.

Al día siguiente, muy temprano, iba Pirulo para el colegio cuando vio a Mary caminando muy despacito y mirando a un lado y otro del camino.
–Hola… –le dijo Pirulo– ¿Se te perdió algo?
–Sí, una ovejita blanca. No puedo encontrarla... Yo creo que se perdió –se echó a llorar Mary.
Pirulo se bajó de su burrito mirándola con la mejor de sus sonrisas.
–No… ¡Qué va a perderse! La encontré anoche. Estaba sucia, asustada y berreando tanto que me la llevé a casa. Ahora voy para la escuela; pero si me dices dónde vives te la llevo por la tarde.
Y así lo hizo. Tan pronto regresó a su casa le devolvió a Mary una Nubecita otra vez blanca, alegre, gordita, y con una campana al cuello que sonaba y sonaba cada vez que movía la cabeza.
Mary se puso tan contenta que le dio un beso a Pirulo y qué se yo cuántos besos a Nubecita, hasta que el Clan-Clan-Clan la hizo preguntar:
q–¿Y esto? Nubecita no llevaba campana.
–Por eso se te perdió –le contestó Pirulo riendo y subiéndose de un salto a Tontoso.

EL BURRITO DE PIRULO

El burrito de Pirulo
tiene la panza gordita
orejas de pura seda
y la nariz rosadita.

Pirulo vivía en el campo. En una finca de tierra muy roja y de árboles cargados de frutas. Había también en aquella finca, patos, gallinas, cerdos, vacas, caballos… Bueno, tantos animales que Pirulo se quejaba de cuidarlos y alimentarlos todos los días.
Tan cansado y molesto estaba Pirulo, que una mañana decidió irse a vagabundear por la finca sin hacer caso de las voces de siempre: "Pirulo, las gallinas… Pirulo, las vacas… Pirulo, la ternerita… Pirulo, los cerdos…"
Y allí estaba, tirado sobre la sombra fresca de un árbol, cuando de pronto tomó una decisión y se dijo en voz alta:
“Ya está. Mañana mismo agarro mis cosas y me voy de aquí.”
–¡Qué bien! Así que te vas y le dejas todo el trabajo a tu padre. ¡Qué bien!

Pirulo, asustado, se levantó de un salto. Fue entonces cuando vio al burro. Pequeño, gris, peludo, panzudito.
–¡De dónde saliste tú! –le preguntó acercándose.
–Eso no me lo preguntes a mí. Aquí tenía que estar y aquí estoy –contestó el burro echando a andar pausadamente.
–Pero ¿tú hablas! –lo siguió Pirulo.
El burrito, sin dejar de comer yerba, movió la cabeza afirmativamente.
–¡Vaya! ¡No me digas que también tienes nombre! –preguntó Pirulo más y más asombrado.
–Tengo dos, así que puedes escoger el que más te guste. TONTO, que me puso un niño que decía que yo era un burro inútil, y…– bajó la cabeza el burrito para seguir con su cena.
–¿Y…? ¿Cuál es el otro nombre? –se impacientó Pirulo.
–TOSO me llamaba Alicia.
–¿Quién…?
–Una niña que me quería llevar para el patio de su casa.
–Entonces, te llamaré TONTOSO–decidió Pirulo–, y te quedarás conmigo porque no tengo ni hermanos ni primos ni amigos, ni nadie con quien hablar.

La llegada de Tontoso hizo que a Pirulo no le pareciera tan duro su trabajo. Desde muy tempranito comenzaba su labor ayudando a ordeñar las vacas; echándoles maíz a las gallinas; cuidando a los terneritos; atendiendo a los caballos y dando de comer a los cerdos que, por cierto, comían como cerdos.
Pero siempre se las arreglaba Pirulo para dedicarle tiempo a Tontoso. Tanto lo bañaba y cepillaba que parecía un burrito de gris y brillante seda.

Subido a él iba Pirulo a la escuela todos los días, menos los domingos que eran para pasear por el campo, visitar a sus abuelos, ¡y recorrer el mundo!, que para eso era Tontoso su burrito avión, su burrito barco, su burrito imaginación.

CANELITO

Goloso se llama el oso.
La gata se llama Chata.
La mariposa, Zulosa.
¿Y el perrito? Canelito.

Canelito, el perrito de Alicia, tiene los ojos y el pelo del color de la miel, y unas orejas tan largas que se le mojan cuando bebe agua o leche. Alicia recuerda muy bien que Canelito no era ni lindo ni juguetón cuando se lo regalaron. Todo lo contrario. Acababa de nacer y estaba feo, del tamaño de un ratón, con un pelo corto y pegajoso de color, de color… Bueno, de color ratón.
El mismo día que se lo regalaron llegó de visita su tío que, como de costumbre, traía a su gatita Chata. Alicia estaba sentada en el suelo observando a aquel perrito arrugado que todavía no tenía nombre, cuando se acercó la gata, miró "aquello", se erizó, curvó el lomo, enseñó los dientes y dio tal chillido que Alicia se levantó de un salto gritando:

–¡Tío, llévate a Chata!
El tío agarró a la encrispada gata acariciándola y regañándola al mismo tiempo:
–¡Quieta, Chata! Es el perrito de Alicia. ¿Ves…? Es un perrito.
Pero no se tranquilizaba Chata, convencida de que Canelito era un ratón. Lo cierto es que Canelito estaba bien feo. No abría los ojos ni la boca, y como no podía comer se lamentaba Alicia, "se va a morir, se me va a morir".
–Nada de eso –intervino su abuelita- Le vamos a dar leche con un gotero y verás qué lindo se pone.

Y así fue. Comenzó Canelito a comer, y a crecer, y a jugar…Y a hacer de las suyas, porque su juego favorito era mordisquear las patas de los muebles y destrozar zapatos.
Lo regañaban, lo amenazaban con darle una zurra, lo encerraban… Todo parecía inútil hasta que un día decidió Canelito no hacer más destrozos, pero ¡eso sí!, se las arregló para esconder muy bien una de las sandalias nuevas de Alicia para saborearla a gusto cuando lo dejaran solo.
Y ¡qué cara de bueno ponía Canelito viéndoles buscar y buscar la mordisqueada sandalia!

EL MONO Y EL LIMONERO

En el patio hay una niña
y un monito maronero.
Ladra que ladra un perrito
al mono y al limorero.

Los monitos del Zoo son tan lindos y tan alegres que los niños se divierten solo con mirarlos; y ellos, ¡felices de que les vean saltar de uno a otro lado haciendo toda clase de monerías!

Un día, uno de los monitos se quedó muy quieto pegado a la reja de la inmensa jaula. Estaba tan triste y tan solito que Alicia se atrevió a tocarlo.
–¿Qué te pasa, monito?
–Que no quiero estar encerrado.
–Pero aquí tienes amigos, y árboles, y barras para colgarte y saltar –le dijo Alicia para animarlo.
–Y tú –quiso saber el monito alegrándose un poco–, ¿también tienes árboles y amigos?
–En el patio de mi casa hay un limonero, una rana, una jicotea, y una gallina con seis pollitos amarillos. Todos son mis amigos, pero mi mejor amigo es mi perro Canelito.
El monito se acercó más a Alicia y en voz muy baja le dijo:
–¿Por qué no me ayudas a salir de aquí?
–Pero ¿cómo voy a sacarte?
–Mira –le dijo él mientras sacaba fuera de la jaula una pata, un bracito y la mitad de la pancita– Soy muy pequeñito y si tú me ayudas…
–Y ¿a dónde quieres ir?
–Llévame a tu casa. Yo te prometo portarme muy bien, vivir en el limonero y ser amigo de Canelito.
Alicia lo pensó un momento, sonrió y le gritó alejándose:
–Espérame, que vuelvo enseguida.

Había tanta gente alrededor de la jaula y era tal el jolgorio de los monitos cuando Alicia regresó, que nadie vio a uno de ellos deslizarse entre los barrotes y esconderse en una bolsa de playa.
Alicia, asustada de lo que había hecho, lo primero que hizo al llegar a su casa fue correr al patio con el monito que, por cierto, había estado tan quieto que “a lo mejor se murió, el pobrecito”, pensó Alicia. Pero no; en cuanto abrió la bolsa saltó el mono abrazándosele al cuello.
–¡Suéltame, que tienes que esconderte! –le dijo Alicia– Si te encuentran no sé que castigo me espera. ¡Y no se te ocurra chillar! Te traeré un plátano por las mañanas, y por las tardes parte de la comida de Canelito.
Y ahí se formó el escándalo, porque al oir su nombre vino el perro saltando, ladrando y moviendo el pedazo de rabito que le habían dejado.
Al ver al mono se quedó Canelito mudo y paralizado, para enseguida romper a ladrar de tal forma que de un salto se subió el mono al limonero.

Al día siguiente, muy temprano, Alicia escondió un banano del desayuno y se lo llevó al monito. Canelito la seguía olfateando por aquí, por allá; pero nada. Ni sombra del mono. Y Alicia, llama que llama y espera que espera, decide al fin regresar a la casa pensando que el monito se había escapado, cuando oye un chillido tan desgarrador que hizo huir al perro como un conejo asustado.
–Uiií… Uiií… -volvió a chillar el mono tirándose desde lo alto del limonero.

Alicia lo miró asombrada porque estaba el pobre tan triste, tan encogidito y tan feo que daba pena verlo.
–Pero ¿qué te pasó, monito?
–¡Que el limonero está lleno de espinas…Que no me gustan los limones… Que yo quiero volver a mi jaula y a mis amigos!
–¡Ay, monito! –rompió a llorar Alicia.

Al oírla vinieron la mamá y el papá y la abuelita, asombrándose todos al encontrar allí a un mono diminuto, feo y todo rasguñado.
Alicia lloraba y lloraba diciendo que todo era culpa suya; que para qué lo había sacado de su jaula; que ahora qué vamos a hacer…
–Hay que bañarlo –dijo la mamá.
–Hay que darle de comer –dijo el papá.
–Hay que curarlo –dijo la abuelita.
–Hay que llevarlo para el Zoo –dijo Alicia.

Y allá llevaron al monito, que al verse de nuevo en su jaula, entre sus amigos y sus árboles sin espinas, chillaba feliz, se rascaba la barriguita y otra vez saltaba de barra en barra haciendo alarde de todas sus monerías.

VERDILINDA Y LA JICOTEA

Verdilinda y Doña Tea
al jardín van a pasear.
Verdilinda va saltando
y su amiga jicotea
por mucho que sigue andando
nunca la puede alcanzar.

Verdilinda era de un verde tan brillante que relucía entre la yerba del patio. Tenía unos ojos muy grandes; tan grandes que veía todo lo que pasaba al frente, a un lado, al otro, y decían las mariposas que podía ver hasta lo que ocurría detrás de ella.
Como a todas las ranas, a Verdilinda le gustaba la lluvia; pero aquella tarde estaba tan mojada que chorreaba agua por todas partes y decidió buscar refugio en el hueco que ofrecían dos grandes piedras.
Doña Tea –la jicotea– era tan perezosa que hasta despierta se le cerraban los ojos. No se apuraba nunca, y por no hacer nada ni siquiera se vestía, andando siempre desnudita debajo del abrigo duro y lustroso que la protegía.
Caminaba la jicotea despacio, debajo de la lluvia, cuando oyó dos veces su nombre.

–Doña Tea… Doña Tea… –llamaba la ranita que se aburría debajo de las piedras.
–¿Qué hace escondida ahí? –se acercó despacio la jicotea.
–No me escondo; es que llueve mucho y estoy tan mojada que mire como me estoy arrugando –le enseñó una pata la ranita.
–Pues yo, ni me entero –la miró Doña Tea con ojos adormilados.
–Claro, ¡con ese techo que lleva encima!
–No es un techo, Señora Rana –se incomodó la jicotea.
–¡Tampoco me llamo yo Señora Rana! Mi nombre es Verdilinda, y así me conocen todos porque soy la más linda, la más…
–Sí, sí…Ya sabemos que usted es una presumida, una tonta, una engreída…
No pudo seguir rezongando Doña Tea porque arreció la lluvia, y soplaba el aire con tanta fuerza que decidió la jicotea meterse en el refugio de la rana.
–¡Oiga, oiga… Que aquí no cabemos las dos! –protestó Verdilinda.

Y ahí comenzó el lío. El aire a soplar más y más fuerte, y ellas discutiendo; la lluvia a inundarlo todo, y ellas discutiendo; las piedras a moverse y moverse, y ellas discutiendo.
–¡Quietas que nos van a derribar! –gritó una de las piedras
Pero seguían la rana y la jicotea empújame que te empujo hasta que se desplomaron las piedras.
Saltó la ranita buscando otro refugio, pero el aire y la lluvia eran ya tan aciclonados que si saltaba para un lado se iba para el otro; y si para adelante se caía hacia atrás, y así dale que dale sin encontrar refugio.
–¡Doña Tea! ¡Ayúdeme, Doña Tea! –gritó asustada Verdilinda.
La miró la jicotea pensando "eso le pasa por empujarme, por no hacerme un ladito, por no ser buena…"

Fue entonces cuando oyó una voz desconocida y regañona que le decía: "Cuidado, jicoteíta, que tú también empujaste, que tu querías sacarla, que tú también moviste las piedras…"
Se asustó tanto Doña Tea que por primera vez quiso apurarse; pero no podía andar por estar en un remolino de agua, y no podía nadar porque daba vueltas y vueltas sin llegar a ninguna parte.
Más y más más asustada comenzó Doña Tea mueve que mueve las patas, con la cabeza tan metida en el carapacho que solo se le veían los ojitos ahora bien abiertos.

–¡Verdilinda, ayúdame…! ¡Déjame ayudarte, Verdilinda…!
–¡Acércate, jicoteíta…! –respondía una y otra vez la rana, tratando de alcanzarla.
Y así, chapoteando una veces, abrazándose otras, lograron Verdilinda y Doña Tea salvarse de la tormenta.

LOS SOLDADOS DE JUANÍN

A Juanín le gusta el viento
las lagartijas, el mar
los cocuyos, los luceros
y a los soldados jugar.

Juanín tenía seis años, muchas ganas de jugar y muy pocas de dormir. No entendía muy bién eso de las horas y los meses; pero sí sabía del día y de la noche, de colegio y de vacaciones. Del día le gustaban el sol, la playa, las mariposas y las lagartijas. De la noche, los cocuyos, las ranas…. y los soldaditos. Los soldaditos, sí; y ya verás por qué.

A Juanín le fastidiaba que, justamente cuando estaba más divertido, le dijeran que era hora de irse a dormir. Se ponía entonces un poco majadero, hasta que venía su papá a leerles un cuento a él y a su hermana; o venía la abuela a contarles los que inventaba y escribía para ellos; pero cuando lo dejaban solo, saltaba de la cama, ponía en posición de guerra a todo un batallón de soldados y se divertía a gusto.
El abuelo decía que eran soldaditos de plomo; su papá decía que eran de plástico; su hermana, que eran de goma. Su mamá decía siempre lo mismo: "A guardarlos y a dormir".

Aquella noche, Juanín no tenía ni pizca de sueño y estaba ansioso de jugar con sus soldados, pero su hermana insistía en que les leyeran un cuento, y otro, y otro… Decidió hacerse el dormido, y cuando al fin se acabaron los cuentos y lo dejaron solo, saltó de la cama, regó a sus soldados por todo el piso y comenzó la batalla:
"Al ataque… Bam-Bam-Bam… Que salgan los tanques… Brrr-Brrr-Brrr… No los dejen pasar…”

Y soldados por aquí, y soldados por allá, y los gritos del Sargento, y las órdenes del Capitán... Bam-Bam-Bam…Bam-Bam.... Y se acabó el juego porque llegó su mamá.
“A guardar los soldados y a dormir, Juanín”. Lo arropó, le dio un beso con un “te quiero mucho”, y a la cama tuvo que irse Juanín.
Como la mamá sabía lo mucho que le gustaba jugar con los soldaditos, se quedó con él hasta asegurarse de que estaba bien dormido; apagó la luz, salió muy despacito y cerró la puerta. Entonces…

Comenzaron a moverse los soldados en la oscuridad. Unos se parapetaron detrás de los tanques; otros se arrastraron buscando mejor posición. Los sargentos y los capitanes iban y venían sigilosamente. De pronto, se plantó frente a todos el General, y con gesto serio y voz muy baja ordenó:
“¡Atención! ¡A moverse despacio y sin ruido para no despertar a Juanín.”

UKI

Un amigo es otro yo
que ríe cuando reímos
y llora cuando lloramos.
Un amigo es otro yo
que aunque parezca perdido
responde si lo llamamos.

Uki ni sabía quien era Juanín, ni se imaginaba que algún día iba a conocerlo y a ser su amigo. Andaba siempre muy ocupado ayudando a su padre a arreglar toda clase de cosas, y si no encontraban a su papá, Uki se ofrecía y ¡claro que sabía arreglarlo! BR> Tampoco tenía la menor idea de si era flaco, gordo, bonito o feo; pero las cosas son como son, y fueron tal y como te las voy a contar.

Un día, jugaba Juanín con sus soldados en un lugar apartado del patio, cuando apareció Uki con una cara de curiosidad y de susto que a cualquier otro le hubiera dado miedo; pero no a Juanín, que sorprendido lo miró y miró hasta que pudo decirle:
–¿Y... y tú quién eres?
Uki se encogió de hombros sin quitar los ojos de los soldados.
–¿Quieres jugar? –lo invitó Juanín, pero viendo que Uki seguía como alelado mirando los soldaditos, decidió darle uno.
–Toma. Te lo presto. ¿Tú no tienes?
Esta vez Uki lo miró, sonrió un poquito y agarró el soldado revisándolo por todas partes; luego, le dió a Juanín una piedra tan pulida y de un color tan raro que Juanín no cesaba de acariciarla.
–¿Dónde la encontraste?– y sin esperar respuesta– ¿Puedo quedarme con ella?
Como sucede siempre con los niños, muy pronto estaban jugando y entendiéndose a las mil maravillas. Así supo –o adivinó Juanín– que Uki venía con su papá de no sé dónde; que habían caído por allí, y que andando sin rumbo se había extraviado.

Cuando Juanín supo que Uki no tenía juguetes, pero que sabía arreglar todo lo que se rompía, corrió a la casa y trajo una bicicleta bastante destartalada.
Uki le dio vueltas, zafó por aquí, unió por allá, y le hizo entender a Juanín que necesitaba qué sé yo cuántas cosas para arreglarla.
–Vamos al garage –le dijo Juanín–. Mi papá tiene un montón de herramientas. Seguro que algo encontraremos.
Aunque Uki no quería arriesgarse a entrar en la casa, Juanín lo convenció y allá se fueron.
Al principio Uki lo miraba todo extrañado, sin encontrar lo que buscaba, hasta que registrando en cajas y rincones agarró alambre, puntillas, tornillos, bombillas y un montón de cosas que Juanín creía totalmente inservibles.
Cuando Uki le entregó la bicicleta, Juanín lo miró asombrado.
–¡Si hasta el farol enciende! ¿Cómo lo hiciste…? –preguntó saltando de alegría. Saltó también Uki sorprendido al ver a Juanín subirse a la bicicleta y dar vueltas y carreras en ella.
En el suelo del garage había recogido Uki una cajita y lleno de curiosidad se la enseñó a Juanín que, muy serio, le advirtió:
–Son fósforos; mi abuela dice que son cerillas y que es muy peligroso jugar con ellas… Yo sé como se encienden –y sin más hizo estallar una.
Uki lo imitó una, y otra y otra vez mirándolas detenidamente.
SRC="5b.GIF" WIDTH=20 HEIGHT=2> –Cuando se va la electricidad –le explicó Juanín- se encienden las velas con ellas. ¿Tienen electricidad en tu casa o encienden velas?
Uki trató de explicarle algo que Juanín no entendió muy bien.

Cuando avisaron que era hora de entrar y de asearse para la cena, Uki, asustado, quiso alejars, pero Juanín lo agarró por un brazo, diciéndole:
–Quédate… Te escondes debajo de mi cama y yo te llevo algo de comer.
Uki trataba de zafarse y Juanín, que no quería que se marchara, insistió:
–No te puedes ir ahora. Está tronando…Seguro que va a llover… ¿Adónde vas a ir…? Si te mojas, te enfermas, te llevan al hospital y tu papá no podrá encontrarte.
Cuando Juanín regresó con algo de la cena encontró a Uki más flaco, más pálido y más asustado que antes; miró Uki lo que le traía Juanín, y sin querer probar bocado repetía que se iba, que tenía que irse...
A Juanín, que no quería perderlo, se le ocurrió algo que tal vez lo hiciera regresar. –Vuelve mañana –le dijo–. Si vuelves, te regalo el soldadito… Y la bicicleta….

Y Uki volvió. Lo encontró Juanín justamente en el lugar del patio donde se habían conocido.
Jugaron largo rato con cuanto juguete tenía Juanín y que Uki nunca había tenido. Entre juegos y risas, de pronto, se quedó Uki muy quieto; los ojos fijos en un lagarto que desde el tronco de un árbol enseñaba y escondía su banderita roja.
–Es un lagarto –le dijo Juanín-. ¿Hay lagartos por donde tú vives?
Uki movió la cabeza negativamente sin dejar de mirar al lagarto, y enseguida, sin pensarlo dos veces y de un solo intento, agarró al animalito y comenzó a pasarle un dedo por el lomo escamoso hasta que el reptil se viró de panza y se quedó inmóvil.
–¿Lo mataste? –pudo decir Juanín que entre el susto y el asombro se había quedado sin palabras.
Lo puso en tierra Uki y escapó el lagarto más asustado que el mismísimo miedo.
El sol del mediodía hacía sudar a Uki de tal modo que Juanín pensó “por donde él vive seguro que hay mucho frío.”

Sabiendo que no lo dejarían estar a pleno sol del mediodía mucho tiempo, invitó a Uki a entrar con él al portal de la casa; pero Uki otra vez dijo que no; que tenía que irse, que lo esperaba su padre… y acercándose, lo miró, abrió una mano y le dio algo más pequeño que el más pequeño dedo de su mano. Juanín lo tomó, y al apretarlo, una luz tanto o más potente que la de una linterna hizo que lo soltara. Uki lo recogió, lo apretó de nuevo y ya sin luz lo guardó en el bolsillo del pantalón de Juanín, que entre asustado y sorprendido preguntó:
–¿Para mí? ¿Me lo regalas?
Uki dijo que sí con la cabeza, se subió a la bicicleta y se alejó sin escuchar los gritos de Juanín.
–¡Uki… Uki…!

Al otro día amaneció Juanín gritando y llorando de tal forma que le permitieron quedarse en casa. Su hermana vino a verlo algo desconfiada con un:
–¿De verdad, verdad estás enfermo…? A mí no me engañes.
– Te lo voy a contar todo, pero cuando vuelvas del colegio.

Tan mal se sentía Juanín que se alegró de verla regresar y correr a su lado con un:
–Vamos... Cuenta... ¿Qué te pasó? ¿Por qué te enfermaste?
Cuando terminó Juanín de contarle su encuentro con Uki, sin olvidar ni una coma, explicó ella con aires de hermana mayor:
–Eso te pasó por ver la película de ET anoche.
–¡Pero si yo no tuve miedo!
–¿Ah, no…? ¿Y por qué gritabas?
–Porque Uki se iba y no quería que se fuera... ¡Es que yo quisiera ver otra vez a Uki!
–¡Ay, Juanín! Tú sabes que fue una pesadilla y que…
–Ya sé, ya sé…–la interrumpió Juanín–, pero yo quería que fuera de verdad.
–Pues tendrás que tener otra pesadilla –saltó ella de la cama con una sonrisita burlona.

La mamá, que lo había escuchado todo al acercarse les dijo:
–No fue una pesadilla. Fue un sueño. Un sueño muy lindo, Juanín. Yo estoy segura de que Uki también le ha contado a su papá que le regalaste el soldadito y la bicicleta.

LA CAPITANA

Allá va La Capitana
con mal genio y con bastón
a comprar leche, manzanas
azúcar, queso y jamón.

Los muchachos del barrio le decían La Capitana. Tenía mal genio y se llamaba Teodora. El apodo le sentaba de maravillas y por más de una razón: era mandona, alta, gruesa y cuadrada; con un casi-bigote y un vozarrón que asustaba, y por si no fuera bastante, nadie, nunca, le había sorprendido un gesto tierno o una palabra de cariño.
Salía todas las mañanas La Capitana, con su bastón y sus zapatones de marcha, a buscar lo de siempre: pan recién horneado, un litro de leche, manzanas... Una vez, cerca del mediodía, se sorprendieron las vecinas al verla salir de nuevo en busca de más leche.
–Pero ¿cómo pudo haberse bebido la leche que compró esta mañana? –se preguntaban extrañadas y curiosas.

–Tendrá visita –dijo María Bombín.
–O estará malita –se entristeció Rosita.
Y no se habló más, porque ya se oían las pisadas de La Capitana que se acercaba con no uno, sino tres litros de leche.

–Buenos días, Teodora.
–¿Va a hacer dulce, Teodora?
–¿Espera visita, Teodora?
Pero La Capitana, sin hacerles caso, sin mirarlas ni saludarlas, siguió de largo con su bastón, sus zapatones y su leche.
Tony y Luisín –dos hermanitos alegres, juguetones y muy traviesos– se preguntaban también y decidieron averiguarlo.
–Voy a preguntarle –dijo Luisín.
–Ni se te ocurra –le advirtió Tony– Con el mal genio que tiene puede darte un bastonazo.
–Ya sé… Cuando ella entre, nos metemos en su patio y miramos por la ventana.
–¿Y si nos ve? ¿Y si llama a la policía? –dijo Tony asustado.

Entrar al patio fue fácil. Más difícil fue encontrar algo donde subirse porque eran muy pequeños y no alcanzaban la ventana. Luisín fue el primero en subir, y allí se quedó, tan asombrado que ni bajaba ni le hacía sitio a Tony.

–¿Qué pasa? Déjame subir… ¿Qué pasa...?
Tony, al ver que su hermano miraba sin decir una palabra, decidió buscar algo en qué subirse, se asomó, y allí se quedó sin poder creer lo que veía.
La Capitana acariciaba a una gata rubia como una mañana de sol y a cuatro gaticos que se relamían saboreando la leche.
Al día siguiente fue La Capitana al patio a regar sus plantas y algo vio que le hizo pensar que habían tratado de robarle.
No salió Teodora aquella mañana a buscar leche, pero dos desconocidos entraron y salieron misteriosamente de su casa para asombro de las vecinas.

Y una noche, leía La Capitana su periódico; la gata y los gaticos dormían muy acurrucaditos; Verdilinda saltaba a gusto por el patio; Doña Tea, muy quietecita, miraba a Mama Clo-Clo y a sus pollitos que buscaban sin saber dónde esperar al nuevo día… De pronto, se asustan hasta las estrellas con un escandaloso UUH-UUH-UUUH…
La Capitana se levantó de un salto; la gata apretó más y más a sus gaticos; Verdilinda se tiró al estanque; Doña Tea escondió las patas y la cabeza; Canelito se metió en la cama de Alicia; Azulosa se cayó de la florecita donde a ratos libaba, a ratos dormía; Mama Clo-Clo corría de un lado a otro mal llevando su cola de pollos amarillos... Y Tony y Luisín salieron del patio de la Capitana que no se les veían las piernas, tal era el susto que llevaban.
Los pobres chicos no habían querido asustar a nadie. ¿Cómo iban a saber que los hombres misteriosos habían instalado una alarma?

PRECIOSA

Preciosa a hablar aprendió
con su amiguita Esmeralda
pero un día la perdió
y de tanto recordarla
Esmeralda apareció.

Preciosa tenía el afán de una abeja trajinosa, y según decía el Doctor Antón, la mente más inquieta y sabia que había visto en sus muchos años de atender niños. Tenía también un nombre tan largo y hermoso como una sinfonía: Claudia Margarita, pero su abuelo, que no andaba con remilgos ni etiquetas, la tomó en brazos apenas la vio diciéndole: "Hola, Preciosa", y no hubo ya quien la llamara de otra manera.
Tenía Preciosa solo unos meses cuando su mamá echó a andar un carrusel de mariposas que comenzaron a cantar y bailar sobre la carita de Preciosa, y observaron todos con asombro que la niña no las miraba como otras veces, sino que sonreía y movía los labios constantemente. Asustados llamaron al Dr. Antón que revisó a Preciosa de la cabeza a los pies.
–No encuentro nada, absolutamente nada. Mañana la llevan a mi consultorio para hacerle un examen más cuidadoso.
“Pero, ¡qué tontos! –pensaba Preciosa– Si no puedo hablar con las mariposas, ¿para qué son, entonces?”, y mirando enfurruñada al médico rompió a llorar de tal modo que se preocuparon todos mucho más.

Claro que no estaba enferma, Preciosa. Lo cierto era que de las diez maripositas que le cantaban desde el carrusel –todas de un color y un nombre sugerentes–, Esmeralda era su preferida. A todas les sonreía Preciosa; pero con Esmeralda hablaba hasta cuando estaba quieto el carrusel, y ocurrió que, no se sabe si por tanto uso o por tanta conversación, fue la verde mariposa la primera en desprenderse sin dejar rastro.
Preciosa la buscó con la vista hasta decidirse a llorar a gritos a ver si entendían lo que quería decirles:
"Se perdió Esmeralda… Oigan, ¡tienen que buscar a Esmeralda".

Pero sin ocuparse de la pobre Esmeralda, y sin que dejara Preciosa de gritar, el diagnóstico familiar fue “Son cólicos”, y todo lo que Preciosa consiguió fue que la obligaran a beber algo que la hizo llorar más.
En vista de que nadie buscaba a Esmeralda, porque ni siquiera sabían que se había perdido, Preciosa decidió observar bien a cada una de sus compañeras.
Rubí era muy chillona, Albita muy seriecita, Rosa era muy sosa…, y así, después de un buen repaso, se decidió por Ambarina.
Pronto comprendió que ni Ambarina ni ninguna otra sería como Esmeralda. Eran, quizás, más lindas, más feas, más gordas, más flacas… pero ¿igual? No; como Esmeralda, ninguna; y se limitó a mirarlas porque la estaban cansando ya con el gira-gira y la cantaleta.

Una mañana, al despertar, y sin saber cómo ni por qué, se puso Preciosa de pie, y de un manotazo echó abajo el carrusel con su música y sus mariposas. El estruendo trajo a la familia entera que, sin ocuparse para nada de las pobres y magulladas mariposas, palmoteaban, reían y la besaban como si hubiera ganado una medalla olímpica. Se reía también Preciosa al verlos, sin saber si el entusiamo era porque estaba despierta, porque no había mojado la cama, porque se había puesto de pie, o por haber terminado de una vez con la lata de la musiquita y las mariposas.

Pasó el tiempo, se acercaba el cumpleaños de Preciosa, y por días y días no se habló de otra cosa que la fiesta de cumpleaños: “que si había que traer mesas, globos, piñata y juguetes para la rifa; que sería lindo traer un show, pero ¿cuál?, ¿el de Blanca Nieves, el de Barney...?. Lo que realmente inquietó a Preciosa fue eso de "ya es tiempo de sacar la cuna".
Trajeron muebles nuevos. Cama, armario, tocador ¡y hasta un escritorio! Solo que Preciosa repetía una y otra vez ¡Que no, que no se llevaran su cuna! ¡Que no quería dormir en la cama nueva!
“Ya estás muy grande…” –le decían– “No cabes en esa cuna… No crecerás si duermes encogida…”

Ni con el mejor de los argumentos la convencían, hasta que en el trajín de retirar la alfombra, limpiar rincones, y el entra y sale de los hombres que traían y sacaban muebles, se le iluminaron los miedos a Preciosa al descubrir en el suelo a una mariposita verde medio escondida entre martillos, clavos, cartones y cajas vacías.
–Bota eso, niña –le dijeron–. Sabe Dios desde cuándo está ahí recogiendo polvo.
Pero Preciosa los miró muy seria advirtiéndoles claro y fuerte:
–Esta es Esmeralda, y va a dormir conmigo esta noche en la cama nueva.

EN UN JARDÍN...

En un jardín de cristal
un Hada encontró a tres niños
y asombrada preguntó:
“¿Quién eres, niña encantada?”
“Soy la Princesa Brittania”
“¿Y tú quién eres, mi niño?”
“Soy el Pirata Antonino.”
“¿Y tú, mi niña rubita?”
“Yo soy una florecita”.

Las hadas están siempre de aquí para allá en su misión de cuidar y consolar a los niños; pero Hada Sonatina trabajaba tanto que el Hada Madrina le había ordenado descansar dos días seguidos.
Tan ansiosa estaba Hada Sonatina de salir de su encierro que se vistió con su más lindo vestido, escogió la varita más milagrosa y mucho antes de las 48 horas estaba lista para salir a consolar a cuanto niño triste y solo encontrara.

En su afanoso andar se vio de pronto en el Jardín de Cristal del que tantas cosas lindas había oído, y ante tanta belleza daba vueltas y vueltas asombrada al ver fuentes de cristal, flores de cristal y pájaros de cristal de todos los colores imaginables
Absorta estaba ante aquel extraordinario descubrimiento, cuando vio a dos niñas y un niño, agarraditos de las manos, que miraban y miraban más asustados que asombrados.
Allá corrió Hada Sonatina, toda amor y sonrisas, ansiosa por saber quienes eran y por qué estaban allí, aunque ella misma no sabía bien cómo había llegado.
La mayor de las niñas era tan linda que el Hada, acercándose con su mejor sonrisa, le preguntó:

–Preciosa, ¿cómo te llamas y quién te trajo a este jardín?
–Soy una Princesa. Me llevaban al Palacio en una carroza dorada y de pronto aparecieron esos pájaros de cristal – y señalando a los que en su revoloteo coloreaban el cielo– Ellos me trajeron aquí.

Hada Sonatina la besó y se acercó al niño, deteniéndose admirada ante los ojos más lindos que había visto en todo su andar:
-¡A ver, a ver! ¿Quién eres y cómo encontraste este lugar? –le preguntó.
–No sé quién me trajo ni cómo llegué. Soy Pirata y me espera un barco que no zarpará sin mí.

Abrazó el Hada a la otra niña, rubia y pequeñita como un pétalo de sol, diciéndole:
–Y a ti, pequeña, ¿qué te sucedió?
–Yo soy una florecita. Me perdí, me entró sueño y cuando abrí los ojos estaba en este jardín.

Movió Hada Sonatina su varita mágica, y cantando y jugando llevó a la Princesa a su Castillo, se acercó al mar para dejar al Pirata en su velero azul, y tomando de la mano a Florecita la llevó con ella al Palacio de las Hadas, porque su varita le había dicho muy bajito y al oído que la niña era, en realidad, una pequeña hadita.


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